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Entrevista a Jordi Llovet: “El mayor mérito de Magris es su resistencia a todo formalismo”

16 noviembre, 2014

Ensayista, crítico, traductor y, muy especialmente, profesor y pedagogo, Jordi Llovet (Barcelona, 1947) es desde su cátedra de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad de Barcelona una de las voces más sólidas y más activas con la que contamos en los estudios literarios. Fue miembro fundador del Col.legi de Filosofía de Barcelona y director del Institut d’ Humanitats de esta misma ciudad. En 1978 obtuvo el Premio Anagrama de Ensayo por su trabajo Por una estética egoísta (Esquizosemia)  y ha traducido al catalán obras de Hölderlin, Rilke, Flaubert, Valery y Kafka, autor seminal del que Llovet es un notable especialista tal y como lo demostró al responsabilizarse de la dirección de la solvente edición de sus obras completas al castellano. Pues bien, que de Frank Kafka a Claudio Magris hay un fino hilo conductor, y que este hilo conductor sea precisamente el sinuoso curso transcultural del  Danubio, es una de las cuestiones singulares que el profesor barcelonés puede hacerte ver pronto. Y es que de su amistad con Magris y de su propia visión poliédrica sobre el escritor y germanista nos habla Jordi Llovet en la siguiente entrevista.

–  ¿ Cómo conoció a Claudio Magris y cómo se ha desarrollado su amistad ?

–  Mi amistad con Claudio Magris se remonta a finales de los años 1980, poco después de que él hubiera publicado Danubio, que apareció en Italia en 1986. Como por entonces yo me dedicaba ya al estudio de la obra de Kafka, encontré en este libro una especie de guía para analizar el conjunto de la obra de un autor en el seno de una cultura más vasta que la ciudad que le vio nacer: algo parecido, y de hecho simultáneo, a lo que me sucedió al leer el libro de Carl Schorske —y conocer luego al autor personalmente, hasta trabar amistad también con él—: Vienna Fin-de-Siècle (1980). Tanto el de Magris como el de Schorske me han parecido siempre dos libros que pueden leerse en paralelo: uno, el de Magris, transcurre literalmente en torno a uno de los grandes ejes de la cultura centroeuropea, el río Danubio, tomándolo como referencia diacrónica entre la Roma antigua y nuestros días; el otro presenta igualmente un microcosmos, o un poliedro cultural, a partir de una sola ciudad en un momento prácticamente sincrónico de su historia, que es el cambio de siglo del XIX al XX. Cuando Jordi Herralde preparaba la edición española de Danubio, ocurrió que el hijo mayor de Magris, Francesco, vino a estudiar un año a Barcelona, y yo me encargué de encontrarle alojamiento en casa de una amiga que disponía de un piso lujoso y enorme, en el que ella misma trabajaba como gestora cultural; de modo que el chico fue feliz y yo entablé mucha amistad con él, que era un joven sumamente inteligente; y el hecho de que le hiciera de anfitrión a Francesco acabó de estrechar los lazos amistosos que empezaba a tener con su padre, y que pronto tuve también con su madre, la escritora Marisa Madieri, que era una mujer de enorme categoría. Más tarde, el Área de Literatura que yo dirijo en el Institut d’Humanitats de Barcelona, así como la Societat d’Estudis Literaris (SEL) que también dirigía, empezaron a invitar a Magris a conferenciar sobre distintos aspectos de su vasta competencia, y llegó a ser nombrado “miembro supernumerario” de dicha sociedad (¡que presentaba una jerarquía parecida a la de los oficiales del Imperio austrohúngaro!). La última vez que conferenció en la sede de la SEL, Magris mostró su preocupación por no formar parte de la lista de los “miembros honorarios”, que es más que “supernumerarios”, y le dije en broma que ya le crearía, para él solo, una categoría de miembros “superhonorarios en vida a título póstumo”, cosa que le hizo muchísima gracia. Con los años,me satisfizo mucho que Magris quisiera saludar, cada vez que pasaba por Barcerlona, ante todo a tres personas: a Jordi Herralde, su editor; a Josep Ramoneda, para hablar de política; y a mí, para contarle anécdotas, que le apasionan. Me ha invitado muchas veces a su casa de Trieste, pero no viajo, y siempre tengo que excusarme; pero lo echo de menos.

– ¿Cuál es para usted la característica más destacable de las obras de Magris y cómo situaría su aportación dentro de la literatura contemporánea?

– Los estudios literarios del siglo XX, como es sabido, han oscilado entre los formalismos más enjutos —como demuestra el estudio de Roman Jakobson y Claude Lévi-Strauss sobre “Los gatos”, de Baudelaire— y los estudios de gran calado cultural, imbricados con la historia social, la política y la historia de la cultura. Magris, claro está, pertenece al segundo de estos grupos, como lo demuestran ya obras más antiguas suyas que Danubio, como El mito habsbúrgico en la literatura austriaca moderna, que es de 1963, o el estudio sobre Joseph Roth, de 1971. Para entonces Magris ya se había armado con un arsenal de cultura social, política, religiosa y de cualquier orden que quepa imaginar, y fue de los primeros investigadores europeos que trazaba magistralmente cuadros muy completos de una amalgama de productos literarios y culturales, engarzados siempre con todos sus contextos: en cierto modo, en la estela del gran libro de Auerbach, Mimesis, o de los primeros grandes libros de Isaiah Berlin, e incluso en la estela de dos escritores-pensadores que significaron mucho para él: Walter Benjamin y Elias Canetti. De modo que yo no situaría a Magris tanto en la historia de la literatura, como en el gran círculo de la historia de las ideas y de la cultura, que es algo mucho más complejo, y es un terreno en el que Magris ha sido de enorme provecho para los estudiosos que han seguido sus pautas. La cultura es un fenómeno plural y poliédrico, como antes decía, pero se presenta siempre como una enorme pieza conglomerada y casi opaca: hay que ofrecer luz a todas y cada una de las caras del poliedro para entender el conjunto; y cuando esto se revela —como, en cierto modo, Zweig había hecho en El mundo de ayer—, entonces se empieza a tener una idea de lo que ha sido la cultura en cualquiera de sus momentos más o menos aislables en el decurso de la historia.

– Uno de los aspectos que más sorprenden en la lectura de Danubio, y que más consenso positivo ha recibido, es el modo singular con el que Magris logra reunir novela y ensayo en su escritura… ¿Hasta qué punto piensa que esta estrategia creativa refuerza la competencia cognoscitiva que le es propia a la literatura?

– Esto no es, en realidad, ninguna novedad: basta leer a dos o tres autores que Magris conoció bien desde muy joven para darse cuenta de que él mismo se propuso emularlos y seguir su ejemplo: se me ocurren los nombres de Thomas Mann, Robert Musil y el ya citado Canetti. Cuando alguien es germanista como Magris, y encima es hombre de hondas preocupaciones políticas y culturales, es lógico que, con los años (pues esto no sucedió con los primeros estudios de Magris sobre Austria o sobre Joseph Roth), revista su escritura analítica de un discurso narrativo: es como la superposición del punto de vista fundado en la experiencia autobiográfica con la acumulación de saberes “ajenos” u “objetivos”. Es, ciertamente, una cuestión de edad: un joven no ha vivido todavía lo bastante para ser capaz de imbricar entre sí experiencia y saber adquirido; es más, los saberes adquiridos, según de qué tipo se trate, anulan de raíz la posibilidad de practicar ese género de discurso que se descubre, por ejemplo, en Danubio. Sólo Roland Barthes, entre los estructuralistas, por citar un caso, fue capaz de dar a los lectores, además de un correoso Sistema de la moda, una autobiografía que era, al mismo tiempo, un análisis perfecto de toda una generación cultural francesa: Barthes par lui-même. En fin: quizás el mayor mérito de Magris haya sido esta especie de resistencia contra todos los formalismos y todas las patrañas que se han escrito en el terreno de la crítica literaria en los últimos decenios, y ello gracias a un tono moral elevadísmo (pre-ocupado por la política, la sociedad y la historia) y gracias a una tradición en lengua alemana que es la más solvente de Europa en el campo de la interrelación entre ensayo y narratividad: desde Tonio Kröger, de Mann, a los tres volúmenes “autobiográficos” (son mucho más que esto) de su amigo Canetti.

– Buena parte de los comentarios sobre el trabajo de Claudio Magris suelen coincidir en la valoración de su obra literaria como un ejemplo bien acabado de  intertextualidad y deconstrucción narrativa en consonancia con la categorización postmoderna ¿considera que es correcto constreñir la obra de Magris en estos términos?

– Me parece un error de perspectiva. Para un investigador del genio de Magris, no hay nada peor que empezar a ser considerado un autor de referencia y de estudio por parte de la clase académica. Él mismo abandonó la universidad antes de lo que podría haberlo hecho, y lo entiendo perfectamente: la universidad ha renunciado no sólo a pensarse a sí misma, sino a pensar en lo que sea. Hablar de “postmodernidad” en el caso de la obra de Claudio Magris es casi una ofensa; porque las raíces de esta obra, como ya he indicado, se encuentran en la suma de una concepción muy dialéctica de la historia (Benjamin), una habilidad prodigiosa para engendrar ideas a partir de los textos literarios (algo que la universidad ya no sabe hacer; el deconstructor, o destructor Jacques Derrida quien menos) y una capacidad de atravesar todas las capas, sincrónicas o diacrónicas, de una cultura, para ofrecer un diagnóstico completo y cabal.

– “La literatura no salva la vida pero puede darle sentido”. Esta cita de Magris  expresa bien la preocupación del escritor por la íntima relación entre literatura y existencia, al mismo tiempo que puede expresar también -en el plano colectivo- la necesaria contraposición de “utopía y desencanto” que ha propuesto en sus artículos. Teniendo en cuenta el cada vez más difícil papel del intelectual en los problemas que acucian al mundo…¿Cómo valora el humanismo reflexivo que se desprende de la obra de Magris ?

-Yo creo que Magris es un agustiniano desde siempre, o, si quiere que emplee un ejemplo algo más moderno, un hombre a la hechura de un Montaigne o de un Erasmo de Rotterdam: los hombres se hacen al ritmo de su lucha diaria no sólo con categorías morales, sino con categorías estilísticas o verbales, si así puede decirse. Si la teología no se hermana con la filología (o con lo mejor de la crítica literaria, algo que en Italia tiene buenos representantes en la primera mitad del siglo XX), entonces aparece la beatería, el dogmatismo, las buenas intenciones y, al fin, la cursilería. (Por cierto que Magris no conocía esta categoría estético-moral que presenta la voz española “cursi”, y yo le regalé el ensayo de Gómez de la Serna, que le encantó, porque matizaba de un modo muy perspicaz la categoría de lo kitsch que él conocía por la obrita de Broch, entre otras fuentes.) Yo recuerdo haberle presentado en público en Barcelona, en una ocasión, y haberlo comparado con este gran pensador, hombre de iglesia y pedagogo que fue Melanchton: nadie entendió qué pintaba aquel discípulo de Lutero en esta comparación —seguramente porque no recordaron que el fundador del luteranismo había pertenecido a la orden de los agustinos—, pero Claudio Magris me dio las gracias, porque había entendido perfectamente lo que yo había querido decir en el fondo. Creo que todo grande hombre de letras es un moralista (como lo fueron o lo son Auerbach, Camus, Berlin o George Steiner) y creo que Magris no es ninguna excepción, en este sentido. Nada salva, en la vida —de hecho, desde 1945, la salus latina ha desaparecido del horizonte de expectativas de casi todos los mortales, los unos por comer demasiado, y los otros por no comer nada—, pero muchas cosas le otorgan sentido; mejor dicho, la vida sólo merece la pena ser vivida, y Magris lo sabe mejor que nadie, si el lenguaje se apresta a llenar el pavoroso vacío de la existencia: así, por un acto de elocuencia verbal divina, se creó el mundo, no hay que olvidarlo.

Para terminar, me gustaría hacerle una pregunta referente a su propia trayectoria. Han pasado bastantes años desde que en la década de 1970 concibió su estudio Por una estética egoísta centrado en el concepto de “Esquizosemia”. En el “Epílogo inconcluso” de su trabajo usted terminaba con una elocuente modificación a unas conocidas palabras de Baltasar Gracián: “El curso de la vida es un discurso”. En este sentido, vital y discursivo, pues, ¿en qué aspectos piensa que las tesis de su trabajo siguen siendo válidas tanto para usted como para el discurso actual de los estudios literarios ? 

– Ese libro mío que cita usted no vale nada. En el mejor de los casos, es un intento de sintetizar las dos grandes corrientes de la crítica literaria que me interesaban hacia los años de mis estudios de doctorado: el marxismo y el psicoanálisis. Entonces conocí, por un lado, la tradición hermenéutica y socializante de la Escuela de Frankfurt, y lo que es casi lo opuesto: la escuela formalista de la crítica francesa representada por los redactores de la revista Tel Quel, Julia Kristeva en primer lugar, que por suerte fue mi mayor amiga entre todos los de aquel cenáculo, y es también la más inteligente y la que antes abordó la literatura (como en La Révolution du langage poétique) desde puntos de vista histórico-políticos, de una sutil dialéctica hegeliana que le venía de su formación marxista. En suma: es un libro que da cuenta de los primeros pasos de mi formación intelectual, pero que ya no sirve para nada más. Desde entonces ha cambiado mucho la orientación de mis estudios y de mis quehaceres: por un lado, me volví mucho más filólogo en el más noble sentido de la expresión (algo que se plasma en mi afición a la traducción literaria), y, por otro lado, me volví cada vez más benjaminiano, como el propio Magris: la historia solo se descubre a partir de la iluminación de sus fragmentos más pequeños y más inadvertidos; y la obsesión por saber qué ha sido o qué será la historia debe estar impregnada de un cierto mesianismo secular. Entre aquel libro y hoy, he escrito más bien poco: muchos artículos, prólogos, ediciones y cosas por el estilo; de modo que, como ya estoy para morirme a tenor de las estadísticas, procuraré cerrar mi escasa bibliografía con un libro que se llamará Historia mínima de la literatura universal, donde haré un recorrido por toda la historia de la literatura occidental considerándola alejada de la idea de que todo son causas que producen sus efectos; reduciéndola a la presentación de miles de detalles que, sumados, ofrecerán posiblemente una idea de lo que considero esencial en la literatura, que es “expresar” (más que “representar”) las cosas que de verdad han afectado o han interesado a la humanidad en Occidente, y, en mi opinión, junto a las más diversas formas de la creación artística, uno de sus escasos productos que todavía puede redimirla.

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