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“El arte debería ser básicamente indócil… y entonces no necesitaría ser desobediente”. Entrevista a Isidoro Valcárcel Medina

16 noviembre, 2014

A partir de considerar la posible relación entre práctica del arte y desobediencia civil, el artista Isidoro Valcárcel Medina (Murcia , 1937 ) ofrece en esta entrevista con Alfonso López Rojo un recorrido  por las ideas y las motivaciones personales que vienen conformando el talante crítico que caracteriza su larga trayectoria creativa.

 

ALFONSO LÓPEZ ROJO:  Pienso que en términos generales, y a pesar de las insuficiencias y de tantas y tan notorias imposturas, el hecho de que suela ser moneda corriente entender casi como una misma cosa las nociones de “práctica del arte” y “cuestionamiento crítico” es algo de fácil asimilación… Sin embargo, no me parece ya clara la posibilidad de establecer una relación tan directa entre “arte” y “desobediencia civil”, al menos tal y como ésta se entiende y se practica en los movimientos sociales… ¿cómo ves esta cuestión ?

 

ISIDORO VALCÁRCEL MEDINA: ¿Quién ha dicho lo de “desobediencia”; por qué no “obediencia”? Ésa es la cuestión. ¿Qué culpa tenemos nosotros de que el término “civil” haya perdido su sentido estricto? Ahora, cuando se quiere decir esa idea se dice “cívico”; ¡ allá cada cual ! Sobre la pregunta en concreto, el arte debería ser básicamente indócil… y entonces no necesitaría ser desobediente. Lo malo viene de que como , en general, la manifestación artística que disfrutamos no disfruta ella misma de demasiada entidad como tal, acostumbra a colgarse etiquetas para mejor digestión y para autoincluirse en lo que ella misma supone que es su papel. El arte está “ya” situado en el incómodo terreno de una cierta desobediencia; pero esa incomodidad (que no ha de serla para él) la ponen desde fuera los “malos obedientes”. Al arte no le toca más función que la de ser un “bienobediente”.

A.L.R.: “Bienobediente”, pues,  en el sentido positivo de “actividad civil auténtica”… ¿no?

 

I.V.M. : Mal que pese, en este tiempo de tergiversaciones, a las palabras (que generalmente son usadas para esconder un valor opuesto al suyo propio) hay que pesarlas con balanza de joyero. Veamos: “civil” ha de derivar de “civilización”. El arte, le moleste a quien le moleste, es fruto de civilización; y si eso es así, ¿ qué interés puede tener el arte en alejarse de su civilidad? Sigo: “civil” también significa, por ejemplo, “no militar” o “no religioso”…Pero “civil” no se puede interpretar como “no artístico”, para el caso que tratamos. Por el contrario, hay que pararse a pensar en el comportamiento folclórico u ostentosamente desobediente de mucho de nuestro arte. Una experiencia personal: Con motivo de mi “ley del arte” (*), el Congreso de los Diputados me invita a la fiesta de la Constitución. Allí estaba, también invitado, un grupo rockero, cuyos integrantes, con cueros y chapas, daban la nota de su desobediencia. Sin embargo, resultaban totalmente obedientes, aunque fuera a la desobediencia. Pero es que, junto con la tarjeta de invitación, se incluían algunas normas de correcta vestimenta… Es una pena gastar pólvora en salvas. No queda mal lo de “donde fueres haz lo que vieres…, y si no, no vayas”.

A.L.R.: “El arte es una acción personal, que puede valer como ejemplo, pero nunca tener un valor ejemplar”…parece que esta frase que utilizaste a principios de los 70  en una intervención  artística se ha convertido un poco en una de tus definiciones favoritas de lo que puede ser la práctica del arte. Incluso la has llegado a resumir  de este modo: “El arte es un verbigracia”. Me gustaría que te extendieras un poco en explicar el sentido de la frase …por “ejemplo”, y valga la redundancia, el “ejemplo no ejemplar” ¿ se refiere a “actitud” o “ejemplo ético” ?

 

I.V.M. : En el emparedado “ejemplo ejemplar”, es el segundo término el que se lleva toda la atención…, pero a mi me interesa más el primero. Es cierto que ambas palabras, juntas, forman un juego y hacen juego, pero en sí mismas son lo contrario una de otra ( o sea que, tranquilízate, no hay tal redundancia). Y si esto no fuera una cosa tan vieja en mí, me ocuparía con más ahínco de una nueva versión que, perdiendo esa gracia rítmica de la cacofonía, se prestara menos a la confusión. Sí, efectivamente, llevo diciéndolo ya hace algún tiempo (¿cómo has llegado a enterarte?), intentando imponerlo con cierta nostalgia… (Sé que lo que acabo de decir es altamente peligroso, porque la nostalgia no casa bien con el progreso…¡ Uf, aún peor! Espero que nadie se detenga en este párrafo). Hablaba de que hace un tiempo que intento sustituir “ejemplo” por “verbigracia”; porque siempre hay la tentación de pensar que el arte es un ejemplo a seguir. Por eso es conveniente perfeccionar la frase de este modo: “El arte es sólo un ejemplo”. Es mi paso anterior a “verbigracia”; “El arte es un verbigracia” (y aquí no se hace necesario decir “es sólo un verbigracia”).

Como ves, la cosa no es simple, justamente porque lo que se pretende es poner de manifiesto la posible y deseable simplicidad de un arte sin engolamiento. Y hechas estas salvedades, podríamos acordar que el arte produce ejemplos más que obras. Pero, fíjate cómo suena esto: “Un ejemplo de arte”. Fatal, ¿verdad? Pero es que, claro, la cosa no es así. La verdadera frase sería: “Un ejemplo de actuación”… Porque, ¡ ¿ qué otra cosa es el arte ?! En efecto, cualquiera de las variedades de esta frase tiene una primordial acepción ética. Es como decirles a los artistas: “No estáis destinados a hacer nada ejemplar, sólo a poner vuestro ejemplo correspondiente”. Pero si regreso a lo que he dicho antes sobre la valoración de las palabras, “ejemplar” también se desmitifica por sí sola cuando vemos que un ejemplar es el que es igual a otros de su especie, el que no destaca o distingue; un ejemplo, en suma.

A.L.R. : Una de las cuestiones que viene caracterizando desde el principio a todo lo que – para entendernos- solemos llamar “arte conceptual” es la insistencia en la constatación  empírico- artística de los fenómenos motivada tal vez por ese curioso “gusto por lo evidente” que distingue a la filosofía analítica. Pienso que esta cuestión también planea en muchas de tus obras  y que incluso de manera divertida y harto elocuente le has dado el nombre de “Perogrullo-Art”… ¿ Puedes precisarme un poco esa singular relación  entre arte y perogrullada?

I.V.M. : Suele suponerse que el arte debe ocuparse de asuntos no sólo trascendentales, sino de honda raigambre conceptual. Como en tantos otros casos, ahí se produce una equivocada interpretación (son los riesgos de irse de la mano en eso precisamente, en interpretar, como bien nos hizo ver hace varias décadas Susan Sontag). Cuando el receptor no juzga suficiente la entidad de la obra de arte, la analiza y saca de ella conclusiones exageradas y exóticas. Pero, igualmente, el artista se siente impelido a tratar lo importante y no lo anodino… Y cuando no lo hace nos suele machacar con lo de la cotidianeidad, un poco como si debiera poner el parche antes que la herida. Casi nunca se da el limitarse a la obviedad de la obra. Según eso, el arte de Perogrullo aspira a la manifestación de evidencias que no dejen resquicio por donde atacarlas. Si yo fotografío diariamente un reloj que marca la fecha, construyo un calendario en el que no cabe la sorpresa… ni la sospecha (como en cualquier otro calendario). Cuando hice esto, hace prácticamente treinta años, no tenía ni idea de la perogrullada…, sólo pensaba en la cotidianeidad. Y luego, más tarde, como ocurre siempre, me di cuenta de que es más inquietante la evidencia que la oscuridad. La oscuridad consiente la agresión analítica, suaviza la intención, se ocupa de hacerla digerible… La evidencia es mucho más cruda y menos complaciente… Y desde luego, poco consentidora.

Cuando Esther Ferrer pone a la escucha la monótona y monocorde retahíla del servicio horario de la compañía telefónica, no admite discusión, aunque provoque irritación. Parece ser que el arte no está para estas cosas, que es algo infinitamente más transcendental que el paso consabido del tiempo. ¡Menuda estupidez! El Perogrullo-Art (sí, en efecto, así debe nombrarse) no es, pues, nada del otro mundo, sino de éste.

A.L.R.: A menudo sueles hablar al referirte a tus trabajos en términos de  “acto creativo” y da la sensación de que en la hábil conjunción  entre “acto creativo” e “intervención en la realidad” se encuentra el meollo de toda tu trayectoria artística… al menos creo que se hace patente en obras como la “Ley del Arte” que has mencionado al principio de esta entrevista, en la Oficina de Gestión de Ideas  o en toda tu serie de  Arquitecturas Prematuras

 

I.V.M.: ¿Es que no debería todo acto creativo intervenir en la realidad e incluso interferir en su desarrollo? Citas unos trabajos que son prueba de ello en el sentido de que toman manifestaciones “incompletas” del comportamiento social e intentan, cuando menos, dejarlas al descubierto.

¿Qué tendría de particular que los Padres de la Patria, en vez de zascandilear en pos de la conservación del tinglado político, se ocuparan de algo de lo que se les llena la boca, pero solamente la boca. Fíjate. Cuando las Cortes rechazan la admisión a trámite de mi “Ley del Arte”, dicen que es porque “constituye materia de Ley Orgánica” , es decir, fundamental… Sin embargo, ellos no han dado ni un paso por reglamentar esa materia tan importante – ni lo darán -. Aunque no sea más que por esto, por darle relieve a mi proposición de ley, la Mesa de la Cámara ya quedaba “tocada”. O sea, la exposición que planteas es exacta: el acto creativo parece que debe incidir en la realidad. En el otro ejemplo, imagina que al visitante de una muestra de arte se le dice que allí no hay nada que “ver”, que si acaso él se presenta con algún tema  será, entonces, atendido con toda solicitud por mi Oficina de Gestión de Ideas. El arte no es para ser contemplado, sino para ser ejercido. Estas intervenciones “contra” los políticos de profesión y los espectadores del arte parece, sin embargo, que van contra  ellos porque son portadores, además, de un tema y un desarrollo aparentemente autónomos y ajenos. Bien, pues ahí reside ese “acto creativo” que tú citas, pero claro, siempre con el trasfondo de la incidencia social. Aunque más clara es la otra cuestión, la de las “arquitecturas prematuras”, porque en ellas, usando el  proyecto arquitectónico correcto, realista y oportuno, no se está hablando de arquitectura, sino de imperativos de convivencia: el apoyo técnico a los okupas, la aceptación oficial del paro en vez de su eterno enmascaramiento, la torpeza de los edificios inteligentes, etc… Quisiera estar hablando de una creatividad combativa o por lo menos utilitaria, aun siendo consciente de la minúscula repercusión de esos actos, creativos pero no productivos. Sé que el momento histórico no da para estas lindezas; nuestro arte es de “aquí te pillo, aquí te mato”; pero yo sigo prefiriendo el “aquí te espero”. Es una cuestión de actitud, ¡qué duda cabe!

A.L.R.: Volviendo de nuevo un poco al tema del tiempo,  “2.000 d. de J. C.”  y  “Rendición de la hora”, son dos obras tuyas en forma de libro que,  si no me equivoco,  nacieron casi de manera simultánea tratando cada una de ella la  dimensión “Tiempo” de manera distinta; el tiempo histórico en la primera y el tiempo, digamos, de “reloj”, en la segunda… a mi juicio, lo que resalta de ambas es  un interés común por la existencia humana colectiva y, en el fondo, la dimensión tiempo, aún con ser importante,  parece solo el pretexto formal que te permitiera hurgar ampliamente en el trasfondo existencial… ¿ Hay algo de eso? y, en cualquier caso, ¿ puedes extenderte un poco en poner en relación ambas obras y en mostrar la intencionalidad que te llevó a crearlas ? 

I.V.M: Es como si el tiempo fuera una sustancia constitutiva de todo… Bueno, y lo es, ¿no? Antes hemos hablado de él como perogrullada máxima. Pero está claro que no es ésa la única forma en que puede tratársele. Mira una obra casi perfecta sobre el tiempo: las cosas nacen, crecen y mueren… Y por lo que sabemos, todo esto ocurre dentro del tiempo. ¡Casi nada!

Sobre las obras que recuerdas, tal vez no tengan más relación que la de su contemporaneidad. El espíritu con el que está hecha cada una de ellas es privativo con respecto a la otra. “2.000…” es una interferencia en el relato histórico, de la cual se puede decir, indistintamente, que es respetuosa o paradójica con lo que es la historia. Se trata de un libro enormemente formalista (la verdad, es como el otro), y el diseño que la editorial Entreascuas le ha dado responde exactamente a esa preponderancia de la estructura. Hilvanando con lo que hablábamos al principio de esta charla, resulta  oportuno   ser obediente con lo que habitualmente es un libro para hacer algo que a mucha gente no ha de parecerle un libro más que por su apariencia. En efecto, es una historia en forma de libro…, y precisamente por eso, la formalización dada a este objeto-libro (tan rigurosa pero tan licenciosa – en el sentido moral de la palabra, incluso-) pasa a ser una propuesta sugerente sobre una diferente historia.

“Rendición de la hora” es igualmente esclavo del tiempo, pero de un tiempo interior. Se ocupa también de disparates humanos, pero concediendo una opción personal de arreglo. El “2.000…” es, por fuerza, más fatalista, mientras que la “Rendición” está constantemente escapándose hacia una realidad posible. La “historia” ha terminado para mí al final del año 2000, pero la “hora” sigue contando…, sigue sin rendirse, quisiera creer.

A.L.R. : Confieso de antemano mi debilidad por  toda obra de arte que me hace reír: me inclino casi de inmediato a su favor… esto me ocurre prácticamente con todas las obras tuyas que conozco. Pienso que te sirves de una manera acertada de la ironía, del humor e incluso de la parodia para provocar auténticas reflexiones. Sin embargo, en los últimos tiempos tengo mis objeciones ante el  uso abrumador que en el arte se está haciendo del humor y la ironía… la cosa suele quedar demasiado a menudo en meros “chistes de artista”, o en un tonto cinismo… por eso me gustaría  preguntarte ¿ dónde piensas que puede encontrarse el límite  entre la obra artística y la mera ocurrencia ingeniosa?

 

 

I.V.M.: Me cuesta trabajo plantearme un humor inoportuno; otra cosa es que los “graciosos” se adueñen de nuestros escaparates; pero mientras sea cuestión de exhibición nada más, tiene pase. Creo haber dicho en algún sitio que la vida es una cosa demasiado divertida como para tomársela en serio. ¿Me permitirías decir que conozco pocas obras de arte –de las que me entusiasmen- que no sean vehículo del humor? La bandera hecha con tela de camuflaje, de Timm Ulrichs, por ejemplo. Durante la confección de mi “¿Es mailing mail-art?” recuerdo retorcerme de risa mientras contestaba a las cartas de los empresarios. Si yo propongo la instalación de contenedores de basura a la puerta de un crematorio, ¿acaso no es cuestión que induzca a la meditación y a la diversión? Porque las cenizas de los ataúdes van mezcladas con las de los cadáveres… y son mucho más abundantes; es una cuestión a analizar. Lo que me propones es delimitar el barranco que separa el genio del ingenio… y creo que no tengo condiciones para ello. Por ejemplo, he dicho hace poco –no sé dónde- que en contabilidad “cuadrado” y “redondo” son lo mismo; es un buen punto de partida para una obra de arte. Ahora que los ordenadores son tan poderosos y tan accesibles, sería un momento oportuno para que alguien sacara la lista de la gente que tiene su número de teléfono sin cifras repetidas; así, el 968342710. Con estos números y con sus abonados se podría hacer un bonito listín. Una cosa más, ¿para cuándo una obra de arte-humor (¡porque qué otra cosa se puede hacer!) sobre las ONG, a las que debería llamarse OSG… haciendo uso del oportuno sentido inverso  que suele hallarse en todo tipo de  siglas, títulos  y titulaciones…?

A.L.R.: “¿Hasta cuándo cree que se seguirán inaugurando Museos de Arte Contemporáneo?”… Con esta pregunta y otras similares interrogabas en el año 1975 a los asistentes a la  inauguración del Museo de Arte Contemporáneo de Madrid. El caso es que de entonces a acá los centros dedicados al  arte contemporáneo han aumentado casi en progresión geométrica, tanto en número como en  dimensiones y “empaque”…  ¿Qué me puedes comentar de esta realidad?  ¿Cómo se puede llevar bien el hecho de creer en el arte sin creer en el mundillo del arte del que hay que formar parte moviéndose en él cada día? 

 

I.V.M. :  Al socaire de esto que me dices, recuerdo una idea de James Gardner que dice que el mundillo del arte está constituido por todo lo que tiene algo que ver con el arte, excepto el arte mismo. Eso para mí no es un problema; si acaso un incordio. Es que hay que ser consciente de que cuando surge un genuino fruto artístico a nadie medianamente lúcido se le ocurre ponerse a meditar sobre el mundo del arte, el cual está infectado, sí, pero uno se puede inmunizar fácilmente; siendo así que el incordio de que se hablaba no pasa de ser el pinchazo de la vacuna. En efecto, lo del museo que recuerdas es de 1975 y todavía me maravillo de cómo pude, siendo el primero que se abría en España, creo, hacer una pregunta -¿una afirmación?- tan perspicaz. Pues tú imagina, si uno nada más me producía aquella inquietud, ¡cómo estaré ahora de desasosegado! Pero, en fin, la cosa es así: la cultura ha caído en manos de la administración pública y de sus adláteres  o coadyuvantes, generalmente semipúblicos. Los artistas ya pintan poco, pero los verdaderos creadores tienen la misma o mayor disponibilidad con museos que sin ellos. Ahora bien, no olvidemos a otros, a los que siendo siervos fieles de las estructuras, ponen el grito en el cielo cuando alguien que no es de su cuerda se aprovecha también de ellas. La inflación cultural no afecta a quien no se deja afectar…, pero eso no quiere decir que ese tal no la pueda afectar a ella, no tenga la obligación, mejor dicho, de hacerlo. El verdadero problema de esa superabundancia está en la avalancha de artistas disponibles y hambrientos de oficialidad.

Aparte, un dato que, sin suficiente información por mi parte, me parece entrever: La disminución de los expertos independientes en arte y de los críticos agudos sobre la materia. Como en aquel slogan franquista que decía “Del productor al consumidor…”, el pseudo-arte va del productor al consumidor sin más interferencia que la del político; exactamente igual que entonces. El gestor, generalmente bien respaldado, presenta ante el público el producto de temporada que el artista ha puesto en sus manos, mientras se relamen ambos de gusto y de ambición. En este esquema consumista que presento tan parcialmente, podría decirse que falta la oficina del consumidor. El contemplador, convencido de la garantía inmarchitable de los centros oficiales o semioficiales, ni se le ocurre prestar atención a lo que está fuera de ellos. Como dice Leonel Moura, lo real mediatizado es más creíble que lo real escueto. La obra artística que se deja empaquetar por los burócratas de turno es la que trasciende. Esta obra es ya subsidiaria, incluso, con frecuencia, antes de salir de las manos de su autor. Pero nada de tristeza: el autor independiente cuenta cada vez con mayor campo de acción. Lo que cabe en los museos, con ser mucho, suele ser ajeno al arte. Lo que es auténtico arte acostumbra a estar fuera, pero amenazado con colarse al menor descuido. A lo mejor sólo se trata de ridiculizar las estructuras.

(*) El texto íntegro del proyecto para una  “Ley del Arte” presentado por el artista al Congreso de Diputados el 13 de octubre de 1992 puede consultarse en: http://www.uclm.es/cdce/sin/sin1/valcar2.htm

 

Esta entrevista fue realizada en septiembre de 2002 y publicada en catalán en el número 19 (noviembre de 2002) de Transversal, revista de cultura contemporània.  Monográfico dedicado al tema de la Desobediencia Civil.

 

 


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