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“Hablo de anarquía, naturalmente…” Memoria de John Cage

14 octubre, 2014

 Visitar el legado de John Cage es uno de los mejores regalos que se le puede ofrecer al espíritu y al pensamiento. Sin embargo, tratar de captar el hálito que anima a sus creaciones no es precisamente ningún regalo: requiere la apertura mental y la disposición sensible que reclama para sí el arte de nuestro tiempo. Sobre todo si tenemos en cuenta que el compositor norteamericano puede considerarse como uno de los promotores directos de la sensibilidad contemporánea que mejor resiste a las reducciones banales. 

 
 
 
John Cage nació en Los Ángeles, California, en 1912. Desde la adolescencia canalizó sus inquietudes musicales, plásticas y literarias lejos de cualquier formación académica. Buscó sus propios referentes dentro de la vanguardia artística y la heterodoxia musical. Compositores como Erik Satie, Edgar Varèse, Henry Cowell y Charles Ives se encuentran entre sus inspiradores. Pero, será sobre su interés inicial por la música de Arnold Schönberg, sobre  el que se dibujará el principio que sustentará toda la trayectoria creativa de Cage: el principio de desjerarquización. Y es que, lo que le atrajo del sistema de composición de doce notas -con el que el músico vienés rompía con siglos de armonía occidentalfue el hecho de que ninguna de las notas adquiría un papel dominante, sino que cada una de ellas intervenía por turno en la composición. Una suerte, pues, de “democracia de los sonidos”que Cage llegará a convertir en la metáfora de una nueva sociedad.
 
En 1937 dio una charla con el título El futuro de la música: Credo en la que, siguiendo la estela que los artistas futuristas, proponía la apertura de la música a todo el campo del sonido –incluyendo especialmente los ruidos-, así como la exploración de la electrónica en la búsqueda de nuevas experiencias sonoras. Fruto directo de este credo será su primer “paisaje imaginario” (Imaginary Landscape nº1), obra de 1939 que, históricamente, suele considerarse como  la primera composición de música electrónica.     
 
Otro de los aspectos más significativos que conforma el universo creativo de Cage es la incorporación a su pensamiento de principios como el azar, la indeterminación y la expansión del concepto de música a la percepción visual. La improvisación y la simultaneidad de prácticas artísticas se convertirán en la base de eventos como su primer happening, organizado en 1952, y los “musicircus” que, a modo de celebración artística colectiva, John Cage puso en marcha a partir de 1967. En esta misma dirección, piezas como Variaciones V de 1965 -en la que dispositivos tecnológicos de imagen y sonido interactúan con el movimiento de bailarines en un mismo espacio- se sitúan como el mejor precedente de las celebradas creaciones “multimedia” actuales.
 
 
Arte y Vida
 
Sin embargo, tratar de sintonizar con el legado de John Cage exige apartarse de la idea de cultura como “constructo” o artefacto sociohistórico y adentrarse en su experiencia vital. La conciencia de una escisión entre el arte y la vida, y el deseo de superarla, es una de las cuestiones centrales que la contemporaneidad arrastra desde las vanguardias históricas (dadaísmo y surrealismo, especialmente). No en vano, la cuestión llegó a tener con la Internacional Situacionista uno de los combates frontales más duros, y también se convirtió en el objetivo del movimiento Fluxus bajo la inspiración directa de John Cage.
 
 “El arte está en camino de llegar a lo suyo: la vida”: de este modo expresó Cage su propósito de fundir el arte con la vida. Un propósito que donde encuentra su mejor formulación perceptiva y conceptual -e incluso pedagógica- es en la famosa pieza titulada 4’33”. La propuesta consiste sencillamente en permanecer en silencio durante 4 minutos y 33 segundos y tomar conciencia de la inexistencia real del silencio: siempre escuchamos algo. Para Cage, todo puede ser música y todo puede ser arte: solo hay que ver y escuchar. 
 
La radicalidad que se desprende de los planteamientos de John Cage tiene que ver sobre todo con su deseo de trascender las convenciones artísticas históricamente adquiridas a través de la sedimentación de las relaciones jerárquicas de poder. Por eso, uno de sus retos fue el tratar de superar la creación centrada en la concepción de objetos para potenciar la creación  entendida como procesos vivenciales colectivos en los que la propia figura del artista ni siquiera es relevante. “El arte no es algo que haga una sola persona, sino un proceso puesto en movimiento por muchos”. Son de nuevo palabras elocuentes de Cage que se complementan perfectamente con estas otras: “Estamos intentando lograr de la música una imagen de la libertad para el hombre”
 
¿Anarquismo de museo?
 
Dos aspectos más del ideario de John Cage que cabe destacar son su percepción de la naturaleza y la dimensión política que está presente en su pensamiento. No deja de ser significativo que la conocida afición a la micología del compositor– llegó a ser un experto- provenga de su fascinación por la multiplicidad que forman la gran variedad de especies de setas, así como por su firme identidad: “Cada hongo es lo que es: su propio centro”, decía Cage, casi del mismo modo a como se refería a la identidad natural de los sonidos y a su llamada a “dejar que los sonidos sean”. Pues bien, esta llamada es la misma que Henry David Thoreau nos transmite en sus escritos naturalistas. Y es la misma sensibilidad que, junto con el talante libertario, John Cage compartió con el autor de Walden.
 
En 1968 Cage se afilió a la Thoreau Society y, desde 1970, le dedicó varias obras en las que utilizaba textos de Thoreau con el propósito de “desmilitarizar el lenguaje” a través de las cualidades sonoras de las palabras. Uno de estos trabajos lo creó sobre el célebre escrito “Del deber de la desobediencia civil” (1849) en el que Thoreau señalaba que “el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto”. En 1991, un año antes de su muerte, Cage nos visitó y tuvimos ocasión de experimentar esta obra en Barcelona. Dieciocho años después, el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (MACBA) nos presenta una exposición basada en sus partituras con el  título “La anarquía del silencio. John Cage y el arte experimental”. Se trata de una muestra concebida desde el mero profesionalismo académico y en la que el visitante pronto puede darse cuenta de que el uso de la palabra “anarquía” en el título no va más allá de perseguir un efecto espectacular por parte del museo. Para salir de dudas, pues, lo mejor es atender a estas palabras  con las que John Cage resumía su propósito vital en su conferencia póstuma de 1992: “Hablo de anarquía, naturalmente: del credo según el cual cada persona puede convertirse en su propio centro”.
 
Alfonso López Rojo
 
Semanario Directa Nº 162, noviembre de 2009
 
 

 

 

 

 

John Cage recogiendo setas

 

 

 

 

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“Parlo d’anarquia, naturalment…” Memòria de John Cage

 
Visitar el llegat de John Cage és un dels millors regals que se li pot oferir a l’esperit i al pensament. No obstant això, intentar captar l’hàlit que anima les seves creacions no és precisament cap regal: requereix l’obertura mental i la disposició sensible que reclama per si mateix l’art del nostre temps. Sobretot si tenim en compte que el compositor nord-americà pot considerar-se com un dels promotors directes de la sensibilitat contemporània que resisteix millor les reduccions banals.
 
John Cage va néixer a Los Àngeles, a Califòrnia, el 1912. Des de l’adolescència, va canalitzar les seves inquietuds musicals, plàstiques i literàries lluny de qualsevol formació acadèmica. Va buscar els seus propis referents dins l’avantguarda artística i l’heterodòxia musical. Compositors com Erik Satie, Edgar Varèse, Henry Cowell i Charles Ives es troben entre els seus inspiradors. Però, és sobre el seu interès inicial per la música de Arnold Schönberg, sobre el qual es dibuixarà el principi que sustentarà tota la trajectòria creativa de Cage: el principi de desjerarquització. I és que, allò que el va atreure del sistema de composició de dotze notes -amb el qual el músic vienès trencava amb segles d’harmonia occidental- va ser el fet que cap de les notes adquiria un paper dominant, sinó que cadascuna d’elles intervenia per torn en la composició. Una mena de “democràcia dels sons” que Cage arribarà a convertir en la metàfora d’una nova societat.
En 1937 va dur a terme una xerrada amb el títol El futur de la música: Credo, on – seguint l’estela dels artistes futuristes- proposava l’obertura de la música a tot el camp del so -incloent especialment els sorolls- i l’exploració de l’electrònica en la recerca de noves experiències sonores. El seu primer “paisatge imaginari” (Imaginary Landscape nº1) serà fruit directe d’aquest credo. L’obra, de 1939, s’ha considerat històricament com la primera composició de música electrònica.
Un altre dels aspectes més significatius que conforma l’univers creatiu de John Cage és la incorporació al seu pensament de principis com l’atzar, la indeterminació i l’expansió del concepte de música a la percepció visual. La improvisació i la simultaneïtat de pràctiques artístiques es convertiran en la base d’esdeveniments com el seu primer happening, organitzat en 1952, i els “musicircus”, engegats per Cage el 1967 a manera de celebració artística col·lectiva. En aquesta mateixa adreça, peces com Variacions V, de 1965 -en la qual dispositius tecnològics d’imatge i so interactuen amb el moviment de ballarins en un mateix espai -, se situen com el millor precedent de les celebrades creacions multimèdia actuals.
 
Art i Vida
No obstant això, tractar de sintonitzar amb el llegat de John Cage exigeix apartar-se de la idea de cultura com “constructe” o artefacte sociohistòric i endinsar-se en la seva experiència vital. La consciència d’una escissió entre l’art i la vida, i el desig de superar-la, és una de les qüestions centrals que arrossega la contemporaneïtat des de les avantguardes històriques,  especialment el dadaísme i el surrealisme. No en va, la qüestió va arribar a tenir amb la Internacional Situacionista un dels combats frontals més durs i també es va convertir en l’objectiu del moviment Fluxus, sota la inspiració directa de John Cage. “L’art està en camí d’arribar a la seu: la vida”. D’aquesta manera, Cage va expressar el seu propòsit de fondre l’art amb la vida. Un propòsit que troba la seva millor formulació perceptiva i conceptual -i fins i tot pedagògica- a la famosa peça titulada 4’33”. La proposta consisteix, senzillament, a romandre en silenci durant 4 minuts i 33 segons i prendre consciència de la inexistència real del silenci: sempre escoltem quelcom. Para Cage, tot pot ser música i tot pot ser art: tan sols cal veure i escoltar.
La radicalitat que es desprèn dels plantejaments de John Cage té a relació, sobretot, amb el seu desig de transcendir les convencions artístiques adquirides històricament a través de la sedimentació de les relacions jeràrquiques de poder. Per això, un dels seus reptes va ser intentar superar la creació centrada en la concepció d’objectes per potenciar la creació entesa com els processos vivencials col·lectius en els quals la pròpia figura de l’artista ni tan sols és rellevant. “L’art no és el que faci una sola persona, sinó un procés posat en moviment per molts”, paraules eloqüents de Cage, novament, que es complementen perfectament amb aquestes altres: “Estem intentant aconseguir de la música una imatge de la llibertat per a l’home”.
 
Anarquisme de museu?
Dos aspectes més de l’ideari de John Cage que caldestacar són la seva percepció de la naturalesa i la dimensió política present en el seu pensament. No deixa de ser significatiu el fet que la coneguda afició a la micologia del compositor  -va arribar a ser un expert- provingui de la seva fascinació per la multiplicitat que formen la gran varietat d’espècies de bolets i de la seva ferma identitat: “Cada fong és el que és: el seu propi centre”, deia Cage. I gairebé es referia de la mateixa manera a la identitat natural dels sons i a la seva crida de “deixar que els sons siguin”. Doncs bé, aquesta crida és la mateixa alerta que Henry David Thoreau ens transmet als seus escrits naturalistes. I és la mateixa sensibilitat que, juntament amb el tarannà llibertari, John Cage va compartir amb l’autor de Walden.
En 1968, Cage es va afiliar a la Thoreau Society i, des de 1970, li va dedicar diverses obres, a les quals utilitzava textos de Thoreau amb el propòsit de “desmilitaritzar el llenguatge” a través de les qualitats sonores de les paraules. Va crear un d’aquests treballs sobre el cèlebre escrit “Del deure de la desobediència civil” (1849), on Thoreau assenyalava que “el millor govern és el que no governa en absolut”. L’any 1991, un any abans de la seva mort, Cage ens va visitar i vam tenir ocasió d’experimentar aquesta obra a Barcelona. Divuit anys després, el Museu d’Art Contemporani de Barcelona (MACBA) ens presenta una exposició basada en les seves partitures sota el títol “L’anarquia del silenci. John Cage i l’art experimental”.
Es tracta d’una mostra concebuda des del mer professionalisme acadèmic i en la qual el visitant pot adonar-se aviat que l’ús de la paraula “anarquia” al títol no va més enllà de perseguir un efecte espectacular per part del museu. Per sortir de dubtes, doncs, el millor és atendre les paraules amb les que John Cage resumia el seu propòsit vital durant la seva conferència pòstuma de 1992: “Parlo d’anarquia, naturalment: del credo segons el qual cada persona pot convertir-se en el seu propi centre”.
 
Alfonso López Rojo
 
Setmanari Directa núm. 162, novembre de 2009
 
 
 
 
 
 
 

 

 
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