La ‘pantallización’ del mundo
Una exposición plantea una reflexión sobre la influencia de las pantallas en la sociedad actual
La complejidad estructural de una cinta de Moebius es la metáfora que rige el propósito y el montaje de la exposición Pantalla Global. Una exposición que, como la famosa cinta sin principio ni fin, nos propone un recorrido por uno de los fenómenos más inquietantes de nuestro tiempo: la imparable proliferación de pantallas y su omnipresencia en nuestras vidas.
“Cuando la pantalla se convierte en mundo, cuando el mundo se convierte en pantalla”, con este lema escrito en un rótulo luminoso de tecnología LED comienza la exposición Pantalla Global. La frase discurre sin parar ante nuestros ojos como si fuera una reflexión fugaz que nos adelanta el contenido de la muestra que puede visitarse en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona (CCCB) hasta el 28 de mayo; y, desde el mes de julio al mes de septiembre, en el Museo de San Telmo de Donostia-San Sebastián.
La exposición ha sido coproducida por ambas instituciones y cuenta con el comisariado del filósofo-sociólogo Gilles Lipovetsky, el especialista en cine y literatura Jean Serroy y el artista, profesor y realizador Andrés Hispano. La idea de representar la influencia que la proliferación de pantallas ha adquirido en el mundo contemporáneo articula este proyecto expositivo en tres niveles: por una parte, la exposición propiamente dicha, que se despliega en una suerte de pantalla continua formada por las secciones temáticas y las imágenes que integran la tesis de la muestra; por otra parte, una plataforma virtual que consiste en una extensión web de la muestra, abierta a la participación creativa mediante la aportación de vídeos que se exhiben en la red y en la exposición, a modo de “contracampo” o “lectura 2.0” de la áreas temáticas que vertebran el evento expositivo. Y, finalmente, la creación de un archivo que recopilará todo el material y todo el conocimiento acumulado durante la experiencia, tras la itinerancia internacional de la exposición, que se espera iniciar en la ciudad mexicana de Monterrey a partir de 2013.
Una nueva cultura
El guión de la muestra y las tesis que la sustentan se basan en el libro publicado en 2007 por Gilles Lipovetsky y Jean Serroy bajo el título La pantalla global, cultura mediática y cine en la era hipermoderna (Anagrama, 2009). De algún modo, pues, la exposición es una materialización en imágenes de este libro, que gira en torno al papel que el cine ha jugado en la conformación del mundo contemporáneo en todos los aspectos hasta llegar al todopantalla actual, que, para los autores, caracteriza a la que de manera imprecisa llaman “sociedad hipermoderna”: una especie de superación de la posmodernidad a base de ampliar aún más sus presupuestos como mecanismo de huida hacia adelante frente a la propia incertidumbre que emana de la inconsistencia del capitalismo como sistema de organización socioeconómica.
En cualquier caso, el resultado de este proceso gradual y expansivo de pantallización del mundo – que, en realidad, ha emergido en poco más de un siglo como consecuencia de la incesante renovación tecnológica- está conduciendo a la humanidad hacia una mutación antropológica de gran calado, aunque, en principio, solo revista las cualidades de la creación de una “nueva cultura” mediada a través de ese rectángulo mágico que, desde el trabajo al ocio, pasando por la información y las relaciones sociales, condicionan -para bien o para mal- tanto la vida cotidiana como la realidad perceptiva y sustancial.
Desfile audiovisual
Otro de los aspectos interesantes de Pantalla Gobal es el modo de articular temáticamente el contenido de la exposición para transmitir, a través del montaje audiovisual, esa idea general de la pantalla como un dispositivo tecnológico que todo lo abarca y todo lo invade. Así pues, a un preámbulo llamado “El imperio de las estrellas” -que sirve para destacar de manera genérica la influencia del cine mencionada-, le siguen seis argumentos audiovisuales desglosados en seis formas en las que la pantalla adquiere una entidad propia: “La pantalla historia”, “La pantalla política”, “La pantalla deporte”, “La pantalla publicidad”, “La pantalla exceso” y “La pantalla vigilancia”.
Cierra la exposición un ámbito llamado “La pantalla juego” que, a través de una recreación proporcionada por mecanismos de realidad aumentada, conduce a una reflexión final que, más que dirigirse a la idea de ocio que se atribuye a los videojuegos, plantea la interacción entre la realidad física y la realidad virtual como uno de los dilemas que, en esencia, da sentido a todo el conjunto de la exposición.
Sin embargo, hay una “pantalla” que puede echarse de menos en el recorrido que propone la muestra: es “La pantalla informativa”. Es decir, la que representaría de forma expresa a los medios de comunicación. Claro que bien se puede argumentar que información en estado puro o impuro es algo que, por definición, emana siempre de toda pantalla y que, de un modo u otro, la “pantalla política” o la “pantalla historia” ya recogen ese aspecto con creces… Pero, aún así, cuesta dejar de pensar en el busto parlante informativo o desinformativo como arquetipo de comunicación que, por lo demás, ha evolucionado en el tiempo hasta adoptar formas tan sofisticadas como la transmisión en directo a través de la televisión de la Guerra del Golfo de 1990-91.
No en vano, este evento televisivo fue considerado en su momento como un punto de inflexión en las técnicas o tácticas informativas y, sin duda, contribuyó a tomar conciencia de que la pantalla en cuestión había entrado ya con un pie demasiado firme en este proceso complejo e irreversible que la exposición Pantalla Global propone descifrar.
La pantalla integrada
Si hubiera que escoger una fecha para señalar el momento que mejor nos sitúa ante el abrumador paisaje actual formado por todo tipo de pantallas, esta fecha sería el año 1991 y, en concreto, la presentación al público de la World Wide Web que tuvo lugar ese año. Sin embargo, recurrir a Internet no debe entenderse como el recurso fácil y tópico en el que se puede encontrar la explicación de todo.
En lo que se refiere a la “pantallización del mundo” –una caracterización que comenzó a generalizarse en el campo de la sociología, precisamente, en la década de 1990-, la irrupción de Internet en el ámbito ciudadano adquiere un papel tanto simbólico como conceptual, en la medida de que ha sido la evolución de Internet la que ha propiciado que, hoy en día, sea plausible hablar de lo que podríamos denominar “la pantalla integrada” para referirnos a la sofisticada concurrencia tecnológica de todos los dispositivos telemáticos en un solo terminal, sea cual sea su formato o su función.
Este terminal único es en realidad una vieja aspiración de la tecnología no sólo en términos de eficacia sino también de prestigio. Al fin y al cabo, este tipo de logros son los que le permiten adoptar con firmeza eslogans del tipo: “El mundo al alcance de su mano”. Ni que decir tiene que la materialización más acabada por el momento de esta nueva “pantalla integrada” se encuentra en la nueva generación de televisores digitales con acceso a Internet y en los smartphones más avanzados. Objetos ambos que ya son de consumo bastante generalizado en las sociedades industrializadas.
El hecho de que, en un solo dispositivo, se pueda concentrar la posibilidad de captar y emitir imagen y sonido, de acceder a la telefonía -y al espacio radioeléctrico en general- además de conectarse a la red de internet y almacenar gran cantidad de datos, ha llevado a hablar, por ejemplo, en términos como postelevisión o posfotografía, sobre todo en relación con el uso que la sociedad venía haciendo de estos medios en un pasado aún muy reciente.
En el caso de la televisión, la cuestión se puede vislumbrar con claridad en la medida que ha perdido su posición hegemónica para pasar a formar parte de la pantalla integrada junto a los otros medios. Sin embargo, esa pérdida de hegemonía es tan solo aparente, ya que se trata tan sólo de un desplazamiento. No en vano, la televisión es la que mejor promete actuar como terminal único. Y es que, ciertamente, la televisión ya poco tiene que ver con el medio tal y como la hemos conocido; pero no porque haya ido a menos, sino porque se ha diversificado para ir a más. La televisión, hoy por hoy, se simboliza así misma a través de YouTube y de todos los tubes habidos y por haber.
La tentación de identificar esta pantallización con alienación es algo que siempre está presente en las mentes críticas, y nunca estará de más que así sea. Pero, el doble filo que siempre ofrece la tecnología, también llama a explorar -y a explotar- su dimensión de interconectividad en favor de lograr pautas emancipadoras. Este propósito es desde hace tiempo un hecho más que patente en el seno de los movimientos sociales en relación con las nuevas tecnologías. Y es, también, el hecho que mejor explica el porqué los anhelos de estos movimientos siempre oscilan entre el deseo de libertad y la resistencia o el rechazo de todo control social, incluido el que se establece a través de la tecnología y de la multiplicación de pantallas.
Exponer la tecnología
“Si reunir las imágenes adecuadas es un problema y presentarlas de un modo revelador es la cuestión, nos queda aún otro reto: cómo reunir las imágenes suficientes sin que sean demasiadas, sin apabullar al visitante con la sensación de que un mundo pantalla significa el colapso perceptivo”. Estas palabras de Andrés Hispano, uno de los comisarios de la exposición Pantalla Global, muestran bien la dificultad que entraña el emprender la tarea de mostrar una cosa tan viva, compleja y discutible como es cualquier producto que emana directamente de la tecnología. Como también nos recuerda Hispano, en 1999, el CCCB presentó la exposición Mundo TV. La cultura de la televisión con el propósito de ofrecer un análisis de la influencia de la TV en la vida social y su implantación como lenguaje planetario. Un proyecto similar, pues, al proyecto expositivo de Pantalla Global.
Tras esta exposición, que quedó aislada en el tiempo, en 2010, se celebraron también en Barcelona dos exposiciones que coincidieron casi en las mismas fechas y abordaron el mismo tema: la relación entre arte y televisión. Se trata de la muestra TV/ARTS/TV, la televisión tomada por los artistas, que se celebró en el centro Arts Santa Mónica y de ¿Estáis listos para la televisión? que tuvo lugar en el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona (Macba). Ambas gozaron de un despliegue de medios importante, pero quizás por ello mismo, pecaron de la sobreabundancia de material y, especialmente, en el caso de la muestra del Macba, de falta de un planteamiento sólido. Tal vez fue por eso por lo que la exposición pasó por la ciudad sin pena ni gloria.
Pero, quizás el mejor ejemplo de lo que no debe ser una exposición rendida a los negocios de la tecnología, por más que se vista de evento cultural, se encuentra de nuevo estos días en el centro Arts Santa Mónica bajo el título Mòbil-U, conectividad, sociedad, creatividad. La exposición, patrocinada por la compañía Vodafone, y comisariada por Caroline Ragot (que ocupa el cargo de estratega tecnológica de la empresa de empleo temporal Infojobs), fue inaugurada coincidiendo con el Congreso Mundial de Móviles que se celebró recientemente en el recinto ferial de Barcelona.
Como no podía ser menos, pues, la muestra fue presentada a la prensa como “la primera exposición sobre teléfonos móviles del mundo”. Y, a la vista está, el recorrido por la muestra denota la ausencia de toda crítica (ni tan siquiera a la parte de trabajo infantil que hace posible que los móviles existan y se vendan) mientras ensalza las marcas y la fascinación por las nuevas aplicaciones, a pesar de la insistencia de la comisaria de que su propósito no ha sido más que mostrar “la parte humana de la tecnología” y el modo en que “los móviles facilitan la vida de las personas”. Pero el caso es que esta exposición no va a ser la única del mismo género. La marca Movistar ya ha anunciado la creación del Museo del Móvil en el edificio de Telefónica de la Puerta del Ángel de Barcelona. Tenemos móvil para rato.
Alfonso López Rojo
Semanario Directa, núm. 268, abril de 2012
Pantalla Global
Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona
C. Montalegre, 5. Hasta el 28 de mayo.
San Telmo Museoa. Plaza Zuloaga, 1
Donostia-San Sebastián. De julio a septiembre.
Extensión de la exposición en Internet:
15-M: un año en Catalunya
Han pasado muchas cosas desde que la manifestación del 15 de mayo de 2011 irrumpió en Catalunya con el lema general “No somos mercancía en manos de políticos y banqueros”, o lemas tan particulares como: “¡Generación Internet, en la calle!”. Y han pasado muchas cosas desde que, el 16 de mayo, se creó sobre la estrella de la Plaça de Catalunya de Barcelona la acampada que serviría de epicentro para toda una constelación de asambleas y acampadas locales.
Podríamos hablar, también, de toda un épica regida por acontecimientos como el violento intento de desalojo policial de la acampada barcelonesa el 27-M; o la jornada de protesta frente al Parlament de Catalunya contra los primeros recortes, el 15 de junio de 2011. Y sin embargo, junto a estos momentos tan significativos en la pequeña historia del movimiento, no menos importancia se le ha de dar a la propia evolución del germen nacido a partir de la convocatoria singular del 15-M.
Al igual que en otros lugares, esta evolución se caracteriza en Catalunya por la diversificación dirigida a canalizar las luchas a través de asambleas sectoriales en ámbitos como la salud, la enseñanza, el paro y la vivienda. También se ha asistido a la incorporación al movimiento de elementos nuevos, como la creación del colectivo “iaioflautas”. O la aparición del periódico mensual editado por “Democràcia Real Ja”.
Sin olvidar, claro está, la actividad continuada de las distintas asambleas de barrios y pueblos. Difícilmente, pues, se puede decir que el 15-M se ha “desinflado” cuando, en realidad, su labor se viene centrando en llevar a cabo su propósito de crear un tejido social que aporte cohesión y continuidad al movimiento.
A la espera de participar con fuerza en las convocatorias del 12-M y 15-M de 2012, he aquí los puntos reivindicativos acordados en Catalunya por la asamblea transversal:
No a la deuda: auditoría ciudadana de la deuda, no rescates a los bancos. Por lo público: no a los recortes ni a las privatizaciones. Trabajo justo: rechazo de la reforma laboral. Vivienda digna: derecho a la vivienda, dación en pago con carácter retroactivo, creación de cooperativas. Reparto de la riqueza: reforma fiscal distributiva y renta básica universal.
Manifestante en Barcelona el 15 de mayo de 2011
Texto y foto: Alfonso López Rojo
Periódico madrid15m, Nº3, mayo de 2012
Para descargar el periódico madrid15m en PDF: http://madrid15m.org/quiosco.html
Ecología social y decrecimiento
(A la memoria de Murray Bookchin)
Desde que el investigador y activista norteamericano Murray Bookchin publicó en 1952 un estudio sobre el uso de productos químicos en los alimentos, su inquietud por crear una “ecología social” no pudo parar. En sus teorías, la crítica al crecimiento económico como único proyecto civilizatorio del capitalismo fue uno de los aspectos centrales. Pero también lo fue la concepción de alternativas a este sistema. En las siguientes líneas comentamos algunas de estas cuestiones en relación con la actual perspectiva del decrecimiento.
Tratar de abordar el decrecimiento como un todo puede convertirse en una cuestión imposible o estéril si, además, no se asume bien de antemano la complejidad a la que nos enfrentamos. Por eso, lo más normal es perderse enseguida en cuanto tratamos de idear alternativas al crecimiento o de trazar un esquema decrecentista sobre una crisis como la actual en la que, más que nunca, los factores sociopolíticos y económicos se encuentran indisolublemente unidos a los problemas ecológicos y energéticos. Y lo más normal también es que, fruto entre otras cosas de esa complejidad, el decrecimiento esté llamado a interpretarse – o malinterpretarse- de muchas maneras… así que prefiero acotar y destacar de antemano tres aspectos en los que, a mi juicio, reside el interés principal y la fuerza de la impronta decrecentista.
En primer lugar, el carácter frontalmente anticapitalista de la propuesta ya que, por definición, el decrecimiento supone la negación del capitalismo en la medida que sitúa directamente su punto de mira sobre el único pilar en el que éste se sustenta: el crecimiento incesante. En segundo lugar, la potencialidad que el decrecimiento ofrece – en tanto que acicate para la reflexión- de imaginar nuevas formas de organización de la vida social que propicien el acuerdo con la naturaleza y la superación de la alienación que la mercantilización de las relaciones sociales provoca. Y, en tercer lugar, el modo en el que una inequívoca apuesta decrecentista puede llegar a suponer un espacio común de lucha al conjunto de movimientos sociales y, al mismo tiempo, una renovación del debate ecológico que puede abrir la posibilidad de minimizar la atomización de los enfoques y propuestas ecologistas que fragmentan por completo a este movimiento.
Crecimiento o muerte
Sin embargo, creo que es importante señalar que la percepción del decrecimiento como una lucha únicamente “ecológica” puede ser un verdadero hándicap si termina por canalizarse solamente en ese sentido. Máxime además cuando, por la fragmentación apuntada, ha llegado un momento en el que casi puede hablarse de tantas sensibilidades ecológicas como personas o, por lo menos, de tantas ecologías como intereses creados. Si se trata de definirse, pues, pienso que la “Ecología Social” esbozada desde una perspectiva libertaria por Murray Bookchin (1921-2006) sigue siendo uno de los mejores intentos de captar la interacción entre el género humano y la naturaleza bajo la insistencia de que, la crisis ecológica y la crisis social, no son dos cosas distintas sino que ambas son un mismo producto del desarrollo de la economía capitalista y del sistema de relaciones sociales que se reproducen en su seno. Por eso, la ecología social no se contenta con la denuncia de los síntomas de la depredación ecológica, sino que se dirige directamente al cuestionamiento de la raíz que los causa. En este sentido, bien puede decirse que la crítica radical al imperativo capitalista de “crecimiento o muerte”, (una expresión muy común en Bookchin que tiene su base en El Capital de Marx), ha sido siempre uno de los objetivos principales de la ecología social, y por eso muchos de los planteamientos actuales en torno al decrecimiento no le suenan a nada nuevo ni le son nada ajenos.
Por otro lado, a diferencia de la totalidad de ecologías que componen la gama de tonos del espectro verde, la ecología social no se contenta con el parcheo y el activismo puntual; ni con ir a remolque de ningún partido político, por muy verde que sea, sino que presenta su propia dimensión política constituyéndose como un cuerpo de ideas que tratan de construir una alternativa global a la sociedad. Y lo hace además sin ningún tipo de máscara ya que, la fusión que Murray Bookchin plantea entre anarquismo y ecología, no sólo resulta el aspecto más llamativo de sus ideas sino que se trata también del más productivo: la ecología social considera que los principios básicos que tradicionalmente el anarquismo propone como forma de organización social (descentralización, autogestión, cooperación, ausencia de jerarquías…) son los que más analogía guardan con el funcionamiento natural de los ecosistemas y que, por lo tanto, son los que mejor pueden inspirarnos a la hora de imaginar una sociedad armónica consigo mismo y con la naturaleza.
La municipalización de la economía
Pero donde más se concreta la propuesta política de la ecología social es en la formulación del “municipalismo libertario” en tanto que organización social y económica de carácter comunalista. En ella, el municipio se percibe como la unidad de convivencia básica que puede facilitar que el “logos común” fluya y adopte la forma de democracia directa. La vida económica del municipio se concibe como una “municipalización de la economía”, tanto en el sentido de propiedad comunal como en la dirección colectiva de la propia economía local. Frente a la las formas de centralización y de concentración de poder, este municipalismo de base apuesta por la confederación de municipios regida por el intercambio y el apoyo mutuo.
Naturalmente, Bookchin, que es autor de trabajos como Los límites de la ciudad (1974), estudió a fondo los modos de organización social en nuestra cultura que históricamente no se han regido por la lógica estatista. Y, obviamente, se inspiró en concepciones como el Municipio Libre que afloraron en nuestra experiencia republicana y que este autor norteamericano también estudió. En 1984 escribió sus conocidas Seis tesis sobre el municipalismo libertario y, por ejemplo, en marzo de 1989, el grupo anarquista con el que desde finales de los setenta luchaba desde la pequeña ciudad de Burlington (Vermont, USA) se presentó a elecciones municipales – que es una posibilidad que su concepción contempla- con un programa que, en primer lugar, se refería a la cuestión del crecimiento como el problema “más acuciante”; al mismo tiempo que pedía una moratoria del crecimiento para que los ciudadanos “tengan tiempo” de decidir en asambleas abiertas cómo desean que sea el desarrollo de su comunidad. Otros puntos del programa eran “la compra por parte de la municipalidad de tierras libres” y “la creación de una red directa entre agricultores y consumidores para fomentar la agricultura local”.
Visto, pues, desde la óptica y las alternativas que en la actualidad se esbozan en el seno del movimiento por el decrecimiento y, especialmente, en el hincapié que éste hace sobre cuestiones como la “relocalización” de la economía, la “economía de aproximación” o la revitalización de la experiencia comunitaria, creo que está claro que la Ecología social, y las enseñanzas que Murray Bookchin ha aportado, tienen suficiente sustancia como para merecer una precisa atención. Sobre todo si lo que se desea desde el decrecimiento es construir un movimiento internacional verdaderamente transformador, y no una “red” ciudadanista más o menos progresista y sofisticada.
(Artículo publicado en catalán en el monográfico “Decrecimiento” de la Revista Illacrua, Nº 161, septiembre de 2008, págs. 26-27.)
Municipalismo libertario, una alternativa local
El interés que se ha despertado en los últimos tiempos por la potenciación del ámbito local no sólo tiene que ver con las torpezas y el descrédito de las políticas centralizadas, ni con el ejercicio lúgubre del poder de los estados como rodillo homogeneizador, sino que tiene que ver también con el sentido común y con la necesidad de imaginar ámbitos políticos que propicien la vida social sobre la base de una democracia y una economía de proximidad. En este sentido, la reedición de Las políticas de la ecología social es una buena noticia porque nos invita a incidir sobre uno de los ideales de organización humana más primordiales: el municipalismo de base.
El libro de Janet Biehl expone y sintetiza con fidelidad el pensamiento que su compañero Murray Bookchin (1921-2006) elaboró en torno al municipalismo libertario – pero que ha quedado disperso en su obra- y recoge también una entrevista con el activista e investigador norteamericano. Fue publicado en 1997 y, al año siguiente, la editorial Virus lo editó en castellano con la colaboración de la Fundación Salvador Seguí y la Colectividad Los Arenalejos, ecoaldea situada en Alozaina (Málaga) que se encargó de la traducción del texto como parte de su empeño por difundir las ideas de Bookchin en nuestro entorno. Este trabajo sirvió de base para la discusión internacional sobre la propuesta del Municipalismo Libertario que en agosto de 1998 se celebró en Lisboa bajo encendidos debates que aún están muy presentes en el imaginario ácrata.
La alternativa municipal formulada por Murray Bookchin ha de entenderse, antes que nada, como la expresión política de la “ecología social” que este autor desarrolló a partir de 1952: una visión holística que integra la dimensión humana dentro de la naturaleza y que, a diferencia de los estándares ecologistas, hace inseparable la crisis ecológica de la crisis social. Con estos presupuestos, Bookchin se adentró en el minucioso estudio histórico de las formas de democracia y de la formación y la evolución de las ciudades. Una de sus tesis más sugerentes es la idea de que las ciudades siempre han tratado de madurar en contra del Estado y que aún se pueden encontrar en ellas vestigios de esta resistencia.
La Comuna de comunas
En este sentido, la idea que recorre el libro es que la municipalidad permite restablecer un sistema de organización social basado en la democracia directa y en la potenciación constante de la esfera pública. Un aspecto este que lleva a destacar la apuesta por lo que –acertadamente- Bookchin llamará “la municipalización de la economía”; es decir, una forma en la que, tanto las tierras, como las industrias, las cooperativas y la banca, serían de propiedad municipal y la gestión estaría al cargo de los ciudadanos en asamblea. Basada en la tradición comunalista, la propuesta terminaría de perfilarse con una confederación de municipalidades que diera lugar a “la comuna de comunas”, el viejo sueño de los movimientos revolucionarios.
Para caminar hacia este ideal, Murray Bookchin proponía crear un movimiento municipalista que optara por participar estratégicamente en los comicios locales con programas inequívocos. Del mismo modo que, a falta de esta posibilidad, proponía crear asambleas extralegales que actuaran como contrapoder. Casi no cabe decir que es en la opción electoral en la que siempre se encalla este debate en la familia libertaria, pero también cabe recordar que, ni esta opción invalida al resto del trabajo de Bookchin, ni su trabajo está concebido para ser tomado al pie de la letra. Se trata más bien de una propuesta inspiradora y por eso es bueno acudir a su lectura.
Alfonso López Rojo
(Reseña publicada en catalán en el semanario Directa, nº 144, junio de 2009)
Janet Biehl: “Laspolíticas de la Ecología Social: municipalismo libertario”. Virus editorial, Barcelona, 2009
http://www.setmanaridirecta.info
Murray Bookchin: comunalismo, naturaleza y libertad
P-J Proudhon, Solución al problema social, 1848
Tratar de ofrecer una visión de conjunto del pensamiento de Murray Bookchin no es tarea fácil dada la amplitud de miras que el activista e investigador norteamericano demostró tener en su intensa vida. Sin embargo, se hace necesario comenzar a acometer esta tarea dado que -salvo en aspectos parciales- apenas se encuentran estudios dedicados a analizar su trabajo y a valorarlo como un todo.
En este sentido, una de las cuestiones principales que se ha de tener en cuenta a la hora de hilar el pensamiento de Bookchin es que su trayectoria vital discurrió en un marco temporal que cubre buena parte de los acontecimientos sociales y culturales del siglo XX: La Gran Depresión en la década de 1930, la Segunda Guerra Mundial, los años de postguerra, la década de 1950, las décadas tan específicas de 1960-70 y la entrada y el despliegue de la postmodernidad en los años 1980 y 90.
Bookchin, que falleció el 30 de julio de 2006, trató de responder a cada uno de estos momentos históricos aportando sus teorías y puntos de vista; y entrando las más de las veces en confrontación directa con el pensamiento de sus coetáneos. Todo ello hace que su obra pueda percibirse como un legado rico y complejo y, a la vez, polémico o contradictorio.
De formación autodidacta, su trabajo se constituyó como un diálogo intenso y sostenido con los más variados autores: Marx, Hegel y Engels fueron junto a Proudhon, Bakunin y Kropotkin los más frecuentados. Pero también fue importante su diálogo con representantes de la Teoría Crítica de la Escuela de Frankfurt (Horkheimer, Adorno y Marcuse) así como con la cultura clásica, con la tradición utopista, con la sociología de Max Weber; con la biología y las teorías antropológicas de su tiempo, con su admiración por Josef Weber o con su estudio de las obras de Lewis Murdoch, Karl Polanyi, Hans Jonas y otros muchos.
El reto holístico e interdisciplinar que se desprende de la obra de Murray Bookchin va unido a su estilo penetrante y desenfadado. Un estilo que puede deslumbrar y conducir a la fascinación acrítica; del mismo que puede producir rechazo. Pero, en cualquier caso, lo ingrato sería no reconocer desde un punto de vista libertario el esfuerzo intelectual con el que Boookchin intentó trascender la autorreferencialidad histórica y teórica a la que el anarquismo se vio abocado desde la década de 1940 y que aún no ha superado. Y es que, en el fondo, su intención fue tratar de abrir ventanas mientras ponía a prueba la validez de los principios libertarios para ofrecer alternativas a las complejas transformaciones de nuestro tiempo.
De la fábrica a la comunidad
Murray Bookchin nació el 14 de enero de 1921 en el barrio del Bronx, en Nueva York, en el seno de una familia de inmigrantes judíos rusos que había participado en el movimiento revolucionario de su país. Con nueve años entró a formar parte del movimiento juvenil comunista educándose en el marxismo-leninismo y, ya en la adolescencia, actuó como formador en una sección de la Liga de Jóvenes Comunistas; organización de la que acabaría siendo expulsado por desviacionismo. En 1936 se involucró en Support Spain, el movimiento neoyorkino de apoyo a la república española y, en 1939 -tras el pacto Hitler-Stalin-, se alineó con el trotskismo militando hasta 1946 en el Partido Socialista de los Trabajadores (SWP). Tenía entonces 18 años. Después de graduarse en la enseñanza secundaria, su familia no pudo costearle estudios superiores (su vocación era la biología) y se fue a trabajar a una fundición de Nueva Jersey donde iniciaría su actividad como sindicalista en el Comité de Organización Industrial (COI).
Tras el servicio militar comenzó a trabajar en el sector de la automoción implicándose activamente en la United Auto Workers (UAW): sindicato de predominio comunista y libertario hasta que, en 1946, fue elegido presidente el demócrata Walter Reuther. La UAW protagonizó la huelga de trabajadores de la General Motors iniciada en noviembre de 1945. La huelga, que se radicalizó y prolongó casi cuatro meses, terminó sin embargo con la aceptación por parte del sindicato de un incremento salarial muy inferior al que aspiraban y algunas mejoras laborales como planes de pensiones o la ampliación de vacaciones pagadas.
Bookchin, que sería delegado sindical en 1948, se referirá a menudo a este hecho decepcionante como un punto de inflexión en la orientación de su pensamiento ya que, para él, revelaba la connivencia que se empezaba a producir entre trabajo y capital. De este modo pudo intuir que las expectativas puestas en el proletariado industrial como sujeto hegemónico del cambio social en el capitalismo avanzado no iban por buen puerto. Desde entonces, la fábrica y el sindicato ya no serán para Bookchin el único lugar que posibilitaría la transformación y sus intereses se ampliarán hacia la comunidad en su conjunto.
No deja de ser significativo que este punto de vista que Bookchin y otros compañeros de viaje adoptaron ya en la década de 1940 desde su propia experiencia directa como trabajadores, en 1964 sería formulado en buena parte por autores como Herbert Marcuse en “El hombre unidimensional, ensayo sobre la ideología en la sociedad industrial avanzada” y André Gorz en “Estrategia obrera y neocapitalismo”.
Del marxismo a la contracultura
El primer texto publicado por Bookchin registrado en su bibliografía data de 1950 y es un artículo titulado “Capitalismo de Estado en Rusia”, publicado en la revista Contemporary Issues (cuestiones contemporáneas, o de actualidad: Dinge der Zeit en su edición alemana). En esta misma revista será donde publicará la mayoría de sus textos durante la década de 1950, utilizando hasta cuatro seudónimos para su firma. Y es que, el uso de seudónimos, era una suerte de norma tácita y, en cierto modo, un “principio de autoría colectiva o anonimato” seguido por la mayoría de colaboradores de esta publicación que ejercía de portavoz del Movement for a Democracy of Content (Movimiento por una Democracia de Contenido). Un movimiento que aún está prácticamente por estudiar y que se formó en 1947 en torno a Josef Weber, músico y notable ex trotskista alemán (participó en 1938 en la creación de la IV Internacional en París), autor de textos como “Socialismo o Barbarie capitalista” (1944) y “La Gran Utopía” (1950).
Josef Weber se exilió primero en París y después en Nueva York, ciudad en la que Murray Bookchin le conocería en 1944 a raíz de la publicación de “Socialismo o Barbarie capitalista”, convirtiéndose pronto en un admirador e involucrándose en el movimiento con la aportación de textos tan significativos como “Armas para Hungría” (en apoyo a la revolución antiestalinista de 1956) o “El problema de los productos químicos en los alimentos”, publicado en 1952 con el seudónimo de Lewis Herber. Este será uno de los primeros textos relevantes de Murray Bookchin; no sólo por la temática, impactante y novedosa en aquellos años (Josef Weber la había perfilado brevemente en “La Gran Utopía”), sino porque a través de esta investigación se despertaría su conciencia ecológica a la que tanto esfuerzo llegará a dedicar. Al año siguiente el texto fue traducido al alemán y logró causar debate en este país.
También es interesante señalar que el Movimiento por una Democracia de Contenido no tuvo demasiada resonancia, pero sí tuvo una vida dilatada: duró desde 1947 a 1964 y tuvo representantes y colaboradores en Reino Unido, Alemania, Estados Unidos y Sudáfrica. Por otra parte, su particularidad guarda aspectos relacionados con grupos como Socialismo y Barbarie (1948-1967) y la Internacional Situacionista (1957-1972), aunque en principio no tuviera conexiones con ellos.
Aunque Murray Bookchin siempre mantuvo a lo largo de su trayectoria un diálogo con la obra de Marx, a finales de la década de 1950 su pensamiento experimentó una transición del marxismo al anarquismo a partir de conectar con la Libertarian League (Liga Libertaria), que se había creado en Nueva York en 1954, así como con textos como “La filosofía del anarquismo” (1940) del teórico de arte Herbert Read que sería su primera lectura sobre el tema. Sin embargo, como señala Janet Biehl – compañera de Bookchin desde 1987 e investigadora de su trabajo-, no fue la lectura directa de los grandes pensadores anarquistas sino que fuero, en primer lugar, las críticas hacia ellos de Marx y Engels las que despertaron en Bookchin el interés por profundizar en el anarquismo. A ello se uniría también su estudio de la polis griega y el conocimiento de las observaciones de Engels sobre la naturaleza y la necesidad de conciliar ciudad y campo. Idea ésta que conduciría a Bookchin a considerar las posibilidades transformadoras de la descentralización urbana. Fruto de ese primer empuje serían sus trabajos sobre el desarrollo de la ciudad burguesa, publicados en 1958 y reunidos en forma de libro en 1974 con el título “Los límites de la ciudad”. Estos primeros estudios sobre urbanismo –junto a su obra “Crisis en nuestras ciudades” (1965)- serán la base del interés con el que en años posteriores trataría de contribuir al desarrollo de las formas de organización social libertarias.
En la década de 1960 Murray Bookchin se convirtió en una de las voces de la contracultura y la llamada “Nueva Izquierda” en los Estados Unidos. Movimientos ambos que, aunque obviamente se prestan a establecer paralelismos con los movimientos surgidos en Europa en torno a Mayo del 68, en Norteamérica tuvieron unas características propias que muy pronto arraigaron popularmente en lo que se vendrían a llamar “los nuevos movimientos sociales”: minorías étnicas, feminismo y liberación sexual, pacifismo, ecología, etc. Ellos crearían el ambiente cargado de energía que se respiraría en la Universidad Alternativa de Nueva York en la que Murray Bookchin dio clases en los últimos años de la década.
En este clima de cuestionamiento permanente, uno de los textos de Bookchin que más difusión tuvo a partir de 1969 fue “¡Escucha marxista!”. En él enfatizaba sus críticas a lo que consideraba el anquilosamiento del marxismo en unas estructuras rígidas de partido y en un dogmatismo economicista y doctrinario que se volvía inútil para contemporaneizar con la sociedad y responder a las transformaciones del capitalismo. Sin embargo, a diferencia de ese debate, que en realidad fue muy común en la época y que aún está vivo, donde más se sitúa el interés del trabajo de Bookchin es en los textos que desde comienzos de 1960 – y hasta el final de su vida- dedicó a la elaboración teórica de la que llamaría “ecología social”.
La ecología social como superación de las jerarquías
Para Murray Bookchin el concepto de ecología social se basa en la convicción de que los problemas ecológicos actuales tienen su origen en profundos problema sociales y que, por lo tanto, la crisis ecológica es inseparable de la crisis social. Este enfoque de la ecología, que seguramente a cualquier persona con talante de izquierdas le puede parecer obvio, no lo es tanto si tenemos en cuenta el modo como las cuestiones sociales acostumbran a brillar por su ausencia en la mayoría de los estándares ecologistas: empezando por el medioambientalismo que nutre a las políticas liberales, y siguiendo por el biocentrismo que caracteriza a la Ecología Profunda o la mística que sustenta a las más variadas formulaciones en torno a una etérea búsqueda de armonía con la naturaleza. Con todas estas tendencias, a las que se añadiría el primitivismo, Bookchin mantuvo un debate permanente.
Otra convicción que está siempre latente en su teoría ecológica, y que le gustará repetir a menudo como recordatorio de sus principios, es la idea de que la propia noción de “dominación de la naturaleza” proviene directamente de la dominación del hombre por el hombre. Si bien la crítica a la idea negativamente civilizatoria de “dominio de la naturaleza” ya había sido expresada por Horkheimer y Adorno (“Dialéctica del Iluminismo”, 1944) en el sentido de que “en el dominio de la naturaleza está incluido el dominio del hombre”; Bookchin altera los conceptos reforzando en su formulación la idea de que son las relaciones sociales de dominación las que conducen al dominio de la naturaleza en todas sus formas. De hecho, el estudio minucioso de la jerarquía (en tanto que principio de dominación) será el eje sobre el que girará la que se considera su obra más relevante: “La ecología de la libertad, el surgimiento y la disolución de la jerarquía”, libro escrito a lo largo de los años 70, terminado en 1980 y publicado en 1982.
Para Bookchin, la noción de jerarquía incluye tanto a las clases sociales económicas, como a todas las formas existentes de dominación y, especialmente, aquellas que -como el patriarcado- son anteriores a la formación de las clases y del Estado. De este modo, la jerarquía no sólo recorre transversalmente la historia sino que se instala como dominación en cada lugar y a cada instante de nuestras vidas. En este sentido, la percepción humana de la naturaleza como objeto de dominación proviene del arraigo panjerárquico de nuestro entendimiento. Reconocer a la naturaleza como sujeto y no como objeto, así como hallar las formas de conciliación entre humanidad y naturaleza, es el reto principal que nuestra civilización tiene en juego.
Haciendo una rápida comparación, bien se puede decir que al igual que para el racionalismo expresado por Descartes el dominio de la naturaleza por el hombre conduciría a la libertad, para la ecología social es justo todo lo contrario: será la relación simbiótica con la naturaleza -fundamentada en una ética de la complementariedad- la que nos puede hacer libres. Ello supondría, pues, “la humanización de la naturaleza y la naturalización de la humanidad” formulada por Marx en el tercero de sus manuscritos de economía y filosofía (1844). Bookchin se apoyará en la cita del joven Marx como elemento concluyente de uno de sus escritos más conocidos: “Por una sociedad ecológica” (1974).
El lugar en el que Bookchin trató los aspectos más teóricos de su pensamiento es en “La filosofía de la Ecología Social” (1990); obra que supone una tentativa de creación de un “naturalismo dialéctico” que, trascendiendo el espiritualismo de Hegel y el cientificismo de Engels, renueve la tradición dialéctica y pueda servir de herramienta conceptual en el análisis de las relaciones entre sociedades humanas y naturaleza.
Sin embargo, la Ecología Social no persigue constituirse únicamente como una opción teórica -con la que correría el peligro de convertirse en mera retórica-, sino que ha de entenderse como una búsqueda constante de alternativas que puedan sustituir a la sociedad jerárquica por la que Bookchin llamará “la sociedad orgánica”. Es decir, una sociedad armónica consigo misma y con los ecosistemas naturales.
Es en este punto donde Murray Bookchin encontrará en la idea de mutualismo simbiótico, basada en el “apoyo mutuo” de Kropotkin, y en los principios básicos del anarquismo como la descentralización, la autogestión o la cooperación, la apertura de todo un inmenso campo para la creación de una sociedad ecológica. De hecho, lo que se producirá en Bookchin será también una suerte de simbiosis o fusión entre ecología y anarquismo hasta el punto de que ambas resultan a menudo indistinguibles. Por eso, no le disgustaba que se hablara de “ecoanarquismo” para referirse a su trabajo; del mismo modo que tampoco se le escapaba el componente utópico de su propuesta a la que, de tanto en tanto, se refería felizmente como una “ecotopía”.
En 1974 Murray Bookchin fundó junto a Daniel Chodorkoff el Instituto para la Ecología Social ubicado en Plainfield (Vermont). Y, entre 1974 y 1983, fue profesor de Teoría Social en el Ramapo College de New Jersey, institución docente que supo convalidar su “falta de titulación académica” a cambio del valor de sus conocimientos.
“Nuestro medio ambiente sintético”
Interesante es también trazar una génesis somera de las aportaciones de Bookchin a la ecología y a la propia formación del movimiento ecologista contemporáneo. La primera tentativa – ya mencionada- fue la investigación en torno a la utilización de productos químicos en los alimentos que realizó en 1952. Diez años después, ampliaría la cuestión adoptando un enfoque ecológico completamente actual en “Nuestro medio ambiente sintético”, libro publicado en abril de 1962 con el seudónimo de “Lewis Herber”.
Como suele ser costumbre remarcar entre los seguidores y conocedores del trabajo de Bookchin, la publicación de este libro precedió en unos meses a “Primavera silenciosa”: la famosa obra que la bióloga norteamericana Rachel Carson dedicó a la advertencia del peligro del uso de DDT y otros pesticidas. La gran divulgación que tuvo el libro contribuyó a que se convirtiera en un lugar común a la hora de ser señalado como el iniciador de la conciencia medioambiental que unos años después daría paso al movimiento ecologista.
Por otra parte, “Ecología y pensamiento revolucionario” (1964) será otro de los textos relevantes de Bookchin en el que, por ejemplo, ya se habla de la cuestión del calentamiento del planeta y de la fundición de los casquetes polares, no como una información o curiosidad científica, sino como un problema acuciante que procede del alcance destructivo del hombre sobre la naturaleza. También en este texto Bookchin deja ya establecidas las relaciones entre anarquismo y ecología que, tras su desarrollo, le conducirán a la fusión mencionada de ambas concepciones.
“Hacia una tecnología liberadora” es un texto de 1965 en el que Murray Bookchin muestra su confianza en el uso de la tecnología a partir de la creación de una tecnología a escala humana y “al servicio de la vida”. Algo que bien nos puede recordar a la “herramienta convivencial” de la que en 1973 nos hablaba Ivan Illich. En el ámbito de la energía, Bookchin propondrá el uso de tecnologías renovables como la solar y la eólica. Esta propuesta ya la había hecho en el texto de 1962 mencionado y, en lo sucesivo, se referirá a estas tecnologías como “tecnologías adecuadas” o, de manera más significativa, como “ecotecnologías”. Todo un campo, pues, que -ironías de la historia- el capitalismo verde acaba de descubrir como un nuevo y oportuno nicho de negocio.
Sin embargo, en el ámbito de la energía, hay una gran diferencia entre la concepción de Bookchin y el discurso mercantilista. Y es que, mientras que el capitalismo verde hace trampa y plantea contradictoriamente que la implantación a gran escala de tecnologías alternativas supone un chorro de energía fresca, y un new deal industrial que va a permitir salir de la crisis sistémica renovando la economía y elevando las cotas de crecimiento… Para Bookchin, sencillamente, el uso de tecnologías y fuentes de energía alternativas no debe concebirse como el “sustituto” de ninguna energía del pasado, sino como el principio de algo nuevo: una nueva sociedad basada en una nueva relación con la naturaleza.
Los dos textos de Murray Bookchin que acabamos de reseñar formarían parte de un libro recopilatorio que, en 1971, se publicó con el título “Anarquismo post-escasez” y que España se editaría en 1974 con un título comercial y engañoso como es “El anarquismo en la sociedad de consumo”. Y es que, desafortunadamente, Bookchin introdujo la idea de “post-escasez” en su pensamiento, pero, apenas la desarrolló. Cabe pensar, pues, que tal vez sea este el motivo por el que esta idea acostumbra a interpretarse erróneamente.
Dicho en breve: cuando Bookchin habla en sus textos de “post-escasez” no se está refiriendo al fenómeno del consumismo, ni tampoco está diciendo que la humanidad haya entrado en una era de abundancia material de alcance planetario y socialmente equitativo, ya que es obvio que tal cosa no existe. Tampoco se está refiriendo a que los recursos naturales sean infinitos, porque también es obvio que son finitos. Cuando Bookchin utiliza el término “escasez” lo hace tanto en el sentido material como en el sentido humano de “lucha por los medios de existencia”. Asimismo, se centra en la consideración de que la escasez material ha brindado – y sigue brindando- la justificación histórica para la constitución de la sociedad jerarquizada, el desarrollo de la propiedad privada y la dominación de clases. No en vano la concepción de la economía más hegemónica insiste en definirse como “ciencia de la gestión de la escasez”, aunque en realidad actúe como motor de la desigualdad.
Para Bookchin, se ha de aspirar a rebasar la escasez ajustando y resituando a la vez nuestra percepción de las necesidades; por lo que queda claro que “la sociedad post-escasez” no es algo que ya exista, sino que es una utopía – o ecotopía- hacia la cual caminar. Aquí intervendrá de nuevo su confianza en la potencialidad liberadora de las ecotecnologías, basadas en la propia abundancia energética que la naturaleza nos ofrece a través, por ejemplo, del sol y el aire.
Bueno es tener en cuenta que la confianza casi ingenua en la tecnología como portadora de un mundo mejor, y como potencialmente liberadora de esclavitudes como el trabajo, era una creencia muy compartida por autores progresistas en las décadas de 1960 y 1970… y aún lo sigue siendo en muchos aspectos; sobre todo cuando se sigue hablando en términos como “el fin del trabajo” o “la sociedad del ocio”. Sin embargo, bien sabemos que la cosa no termina de llegar y que, más bien, a lo que tiende el desarrollo tecnológico es a crear nuevos problemas y a reforzarse a sí mismo como instrumento de dominación.
La muerte de un pequeño planeta
Por lo demás, la conciencia de la finitud de los recursos y de la depredación del planeta a partir del imperativo del crecimiento económico como único principio civilizatorio del capitalismo, no solo es muy clara en el trabajo de Bookchin sino que, en un tiempo como el nuestro en el que -al igual que en la década de 1970- la cuestión de “los límites del crecimiento” vuelve a ocupar el centro de debate, su punto de vista merece ser tenido en cuenta. Bookchin situará la cuestión del crecimiento en la disyuntiva de “crecimiento o muerte” que en la economía capitalista actúa como espada de Damocles y que Marx evidenciaría en “El capital”. Esta percepción del problema será uno de los ejes sobre los que se articulará la Ecología Social en su propósito de poner de manifiesto las raíces sociales de los conflictos ecológicos y medioambientales. Significativo será por ello el texto que, en 1989, Murray Bookchin titulará “La muerte de un pequeño planeta, un crecimiento que nos mata”.
Ante la ambigüedad de posturas similares a las que en la actualidad plantean la necesidad de un “decrecimiento” centrándose solo en cuestiones como “la crítica al consumo” o aconsejando una “simplicidad voluntaria”, Bookchin dejó claro en textos como el que acabamos de mencionar que la demanda de controlar el crecimiento no tiene sentido si al mismo tiempo se quiere dejar intacta la economía de mercado, que es la que genera la carrera del crecimiento ilimitado a costa de la depredación de la naturaleza y la explotación humana. Sin esa carrera el sistema capitalista no puede funcionar, por lo que la solución está en su desmantelamiento como sistema. Cabe pensar, pues, que esa es la primera premisa coherente que debe asumir un movimiento por el decrecimiento que aspire a convertirse en un referente transformador.
Por otra parte, resulta oportuno señalar que, precisamente, la ausencia de un cuestionamiento explícito de los fundamentos de la economía capitalista es una característica común del informe “Los límites del crecimiento” y del “Manifiesto para la supervivencia”: las dos iniciativas que fueron auspiciadas en 1972 por el círculo de científicos y empresarios conocido como Club de Roma. Ambos textos tuvieron mucha difusión y se consideran el inicio y los pilares del movimiento ecologista junto a la primera Cumbre de la Tierra organizada por la ONU en Estocolmo (1972), y la formulación en 1973 de la Ecología Profunda por parte de Arne Naess.
Pues bien, en contraste con estas aportaciones consideradas pioneras, se debe mencionar por último en este pequeño recorrido sobre la relación de Murray Bookchin con la formación del movimiento ecologista contemporáneo, su texto “Poder de destruir, poder de crear” escrito en 1969 como manifiesto para el grupo norteamericano Ecology Action East.
En este texto destaca entre otras cuestiones la propuesta de Bookchin de descentralizar las ciudades y crear “ecocomunidades”. Una alternativa que, tres años más tarde, será planteada por los 40 científicos y académicos que -encabezados por Edward Goldsmith- firmaron el “Manifiesto para la supervivencia” (por lo demás, la propuesta se convertirá en uno de los puntos más citados y celebrados de este manifiesto).
Ciertamente, es obvio que la historia y el conocimiento son siempre una acción compartida; por lo que no tiene sentido enfatizar constantemente quien fue “el primero” que hizo o dijo algo que fuera útil a los demás. Sin embargo, en el caso de Murray Bookchin respecto a la ecología, y al propio movimiento ecologista, sí resulta pertinente poner ése énfasis dado que no resulta difícil darse cuenta de que su marginación en el ámbito académico -y en los medios en general- proviene de su explícita filiación libertaria y de su inequívoca posición anticapitalista. Lamentablemente, resulta frecuente toparse con licenciados en biología o en “ciencias ambientales” que desconocen su trabajo.
La apuesta comunalista
La dimensión política y esencialmente práctica que la Ecología Social necesitaba para trascender su propia dimensión teórica, Bookchin la encontrará en la tendencia comunalista del anarquismo recogida sobre todo en los escritos de Bakunin y Kropotkin. A ellas se añadirían también cuestiones clave como el principio federativo expresado por Proudhon, o la atención a sus utopistas favoritos: Fourier y William Morris. Pero donde más se refuerza la apuesta comunalista de Bookchin es en los estudios históricos que llevó a cabo sobre las formas de organización social en las que intuía que podían encontrarse “formas de libertad” que fueran útiles para nutrir nuevas alternativas. Es interesante observar al respecto que, en la línea del viejo Bakunin, Murray Bookchin no percibe la libertad como un proceso de conquistas individuales sino, literalmente, como un proceso de “comunalización”. Un proceso que se expresa en la capacidad de autoorganización colectiva que emana directamente de la propia libertad de los individuos. Algo que pronto nos trae a la mente la célebre máxima de Proudhon en la que apuntaba que la libertad “no es hija del orden” sino que es “la madre del orden”.
Los estudios de Bookchin en esta dirección abarcarán desde tentativas como, por ejemplo, la revuelta de los Comuneros de Castilla en el siglo XVI, la Comuna de París de 1871, el proceso revolucionario de la Francia del XVIII o la experiencia de las colectivizaciones libertarias durante la Guerra Civil española de 1936-39. De hecho, Bookchin hizo varias incursiones en el estudio del anarquismo en España. La última de ellas fue publicada en el cuarto volumen de “La Tercera Revolución” (1996-2003), su obra magna dedicada al análisis histórico de los movimientos revolucionarios.
Por otra parte, su estudio sobre la polis griega y la democracia ateniense le conducirá a reforzar la noción de democracia directa propia de la tradición libertaria, y a recobrar el sentido genuino que para la ciudadanía griega tenía el concepto de política en tanto que “preocupación por los asuntos de la polis”.
A través de todo este bagaje, al que se añadirá sus estudios de urbanismo mencionados en apartados anteriores, la propuesta comunalista y política (en el sentido griego) que Bookchin propondrá como expresión de la Ecología Social se dirigirá al ámbito municipal. En consonancia con la tradición libertaria, el municipio será percibido como la unidad de convivencia básica que puede facilitar que el logos común fluya y adopte la forma de democracia directa: el “cara-a-cara” que se repite a menudo en sus escritos. Llamará a la propuesta “Municipalismo Libertario”.
Por otra parte, el sentido práctico y comunal del municipio radicará para Bookchin en lo que acertadamente llamará “la municipalización de la economía”. Es decir, en la propiedad comunal y en la dirección colectiva de la economía local (que incluye por igual las tierras y las fábricas). Así, pues, los municipios –nuevos o viejos- constituidos como “ecocomunidades” posibilitarían la creación de una sociedad orgánica y descentralizada regida por el intercambio y el apoyo mutuo a través de la confederación de los municipios formando una “Comuna de comunas”: el viejo sueño revolucionario que la historia nos ha mostrado solo a través de experiencias fugaces y cruentas, y a pesar de las bellas y sensatas plasmaciones escritas como la que Kropotkin nos legó en su obra “Campos, fábricas y talleres” (1898).
La propuesta municipalista de Bookchin se encuentra diseminada desde 1972 en distintos textos. Uno de los más conocidos es “Seis tesis sobre Municipalismo Libertario” (1984). Aunque, donde más elaborada puede encontrarse, es en una publicación que realizó Janet Biehl titulada “Las políticas de la Ecología Social, municipalismo libertario” (1998). Y en “La urbanización de las ciudades. Hacia una nueva política de ciudadanía” (1992-1995): obra que se considera la más importante de Boockchin tras “La ecología de la libertad” pero que, a diferencia de ésta, no ha sido traducida al castellano.
Murray Bookchin consideraba que para poder alcanzar el ideal comunalista se debía de poner en marcha un movimiento municipalista amplio formado por personas decididas a trabajar en su ámbito más próximo. Animaba por ello a que los colectivos libertarios participaran en los comicios locales con programas inequívocos a través de los cuales se pudiera comenzar a recorrer el camino para que los municipios llegaran a ser gobernados por las asambleas populares y la democracia directa. A falta de esa posibilidad, animaba a crear asambleas extralegales ejerciendo como contrapoder.
Ni qué decir tiene que la opción electoral se convertiría en el aspecto más polémico del pensamiento de Bookchin. El ejemplo más sonado fueron las jornadas internacionales sobre Municipalismo Libertario que, entre el 26 y 28 de agosto de 1998, se celebraron en Lisboa en un ambiente de encendida polémica que aún está muy presente en el imaginario ácrata. Sin embargo, las acusaciones de contradicción flagrante, de mero posibilismo o de parlamentarismo municipal que se lanzan a menudo a la apuesta comunalista de Bookchin, difícilmente pueden invalidar el conjunto de su pensamiento y de su trabajo. Un trabajo que, por otra parte, no fue concebido como una ideología que debiera ser tomada al pie de la letra, sino como un producto inspirador.
En cualquier caso, Murray Bookchin prefirió desmarcarse del anarquismo en los últimos años de su vida y autodefinirse simplemente como “comunalista”. Al fin y al cabo, ésa era la tradición histórica a la había dedicado todo su esfuerzo intelectual. Para entonces, ya se había cansado de defender a capa y espada el anarquismo social frente al anarquismo individualista convertido en una moda. Y se negaba a escuchar la melodía del “fin de la historia” silbada por el relativismo y la diseminación posmoderna. Razones no le faltaban: Bookchin tenía mucha historia detrás, y hacía mucho tiempo que sabía que “el capitalismo no produce individuos, sino átomos egoístas”.
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Bibliografía
Obras de Murray Bookchin en castellano:
La Ecología de la Libertad. Nossa y Jara Editores/Colectivo Los Arenalejos, Madrid, 1999
Ecología Libertaria, Madre Tierra, Madrid 1991
Historia, Civilización y Progreso. Nossa y Jara Editores, Madrid, 1997
Los anarquistas españoles: los años heroicos, 1868-1936. Grijalbo, Barcelona ,1980 y Ed. Numa, Valencia, 2001
Por una sociedad ecológica. Ed. Gustavo Gili, Barcelona, 1978
El anarquismo en la sociedad de consumo. Ed. Kairós, Barcelona, 1974
Los límites de la ciudad. Ed. Hermann Blume, Madrid 1974
Seis tesis sobre municipalismo libertario en “La utopía es posible. Experiencias posibles”, págs. 81-99. Tupac Ediciones, Buenos Aires, 2004
Sociedad, política y Estado en “La sociedad contra la política”, págs. 53-70, Ed. Nordan, Montevideo, 1993
El anarquismo ante los nuevos tiempos en “El anarquismo y los problemas contemporáneos”, Ediciones Madre Tierra, Móstoles, 1992
Janet Biehl con la colaboración de Murray Bookchin. Las políticas de la ecología social, municipalismo libertario. Ed. Virus, Colectividad Los Arenalejos, Fundación Salvador Seguí. Barcelona, 2009 (1ª ed.1998).
Páginas en Internet en las que se pueden consultar textos de Murray Bookchin , Janet Biehl y otros investigadores:
Institute for Social Ecology: http://www.social-ecology.org/
Journal Communalism: http://www.communalism.org/
Anarchy Archives: http://dwardmac.pitzer.edu/anarchist_archives/
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Alfonso López Rojo
Artículo publicado en la revista Libre Pensamiento Nº 62, otoño de 2009. Págs. 64-75
Texto en esperanto: http://www.enxarxa.com/esperanto/LOPEZ%20Murray%20Bookchin%20LP62.pdf
La persistencia de las prisiones
Recientemente -y casi en la misma semana- salían de la prisión Manuel Pinteño y Amadeu Casellas, dos de los presos más combativos del Estado español. Pinteño lo hacía el pasado 3 de marzo, después de casi 33 largos años de prisión y un hecho castigado con creces: haber sido uno de los luchadores destacados en la sonada revuelta de la cárcel de Fontcalent, en 1990. Mientras que, Casellas, consiguió salir en libertad el 9 de marzo, después de 24 años -ocho años más de lo estipulado- y tras mostrar su valor y su tenacidad anticarcelaria a través de largas huelgas de hambre, la última de 99 días. El ejemplo de ambas personas, que representa también la realidad de otras muchas, merece un análisis histórico y actual que insista en el cuestionamiento de las instituciones penitenciarias.
El hecho de que la idea de prisión se identifique de inmediato con la idea de límite es una de las pruebas concluyentes del poder que ejerce en nuestras mentes la existencia de los sistemas carcelarios y de las penas privativas de libertad. Sin embargo, más que como un límite negador de la libertad -que sin duda lo es, al igual que se considera que la muerte lo es de la vida- la prisión funciona como una metáfora de la propia vida, del mismo modo que se revela como una metáfora de la sociedad. La prisión es el lugar aparte, físicamente delimitado, del que nadie tiene la certeza de estar a resguardo. Y es, también, el lugar aparte en el que los mecanismos de castigo y de control se muestran de manera severa, hasta el punto de conseguir intimidar, desde su interior, al resto del cuerpo social.
Como no podría ser de otra manera, la formación de las prisión moderna se fue concretizando en sus formas actuales al mismo tiempo que lo hizo el capitalismo en su conjunto. Esta es la razón que explica el porqué el proyecto arquitectónico que el filósofo utilitarista Jeremy Bentham concibió en 1787 con el nombre de Panóptico se haya convertido en el punto de partida más común de los estudios dedicados a los sistemas punitivos en la edad contemporánea. Sin embargo, aunque es patente que el panoptismo de Bentham fue el principal inspirador de las prisiones que comenzaros a construirse en el s.XIX, lo que es verdaderamente revelador es que el pensador liberal no ideó su sistema únicamente para las prisiones, sino que lo hizo prácticamente para todos los espacios sociales institucionalizados. Vale la pena, pues, reproducir literalmente la definición que Bentham hizo de su invento:
“PANOPTICON”, o casa de inspección: contiene la idea de un nuevo principio de construcción, aplicable a cualquier clase de establecimiento en el que cualquier clase de personas sean mantenidas bajo inspección; y en particular a penitenciarías, cárceles, casas de industria, reformatorios, albergues de pobres, manufacturas, manicomios, lazaretos, hospitales y escuelas”.
La sociedad disciplinaria
No deja de ser significativo, también, que fuera precisamente la idea de panóptico la que inspirara la concepción de “sociedad disciplinaria” que Michel Foucault desarrollaría en su filosofía; como tampoco deja de ser revelador el hecho de que su trabajo “Vigilar y Castigar, nacimiento de la prisión” se convirtiera, desde el mismo momento de su aparición, en 1975, en un hito bibliográfico sobre la cuestión. Y ello, incluso, a pesar de las reticencias iniciales de los historiadores de profesión, en cuya mentalidad no cuadraba la combinación constante entre datos históricos y abstracción filosófica que hacía Foucault.
Sin embargo, el desarrollo brillante de lo que el intelectual francés llamaría “tecnologías de control social”, no sólo está al orden del día, sino que inspiró de inmediato nuevos trabajos referenciales como “Cárcel y fábrica, los orígenes del sistema penitenciario” (1977), en el que, desde una perspectiva marxista, Dario Melossi y Massimo Pavarini trataron de mostrar la relación directa entre la cárcel y el modo de producción capitalista. Una relación basada en las similitudes que pueden observarse entre las cárceles y las fábricas, especialmente en la función que ejerce en ellas el control y la subordinación; así como en el modo en el que el tiempo -en tanto que unidad abstracta- llegó a convertirse en la medida del trabajo y de las penas… O, de una manera aún más decisiva, el importante papel que la concepción de las prisiones jugó en el costoso proceso que supuso el paso de las sociedades agrarias a las sociedades industriales. Es decir, en la adaptación de las masas a la nueva disciplina del trabajo. En este sentido, bien se podría decir que la disyuntiva “o fábrica, o cárcel” fue en los orígenes de la industrialización el único horizonte que las ciudades modernas ofrecían a las personas provenientes de las clases populares. La abundancia de disposiciones históricas contra la vagancia, el pillaje y el vagabundeo así lo vienen a corroborar.
La corrección de las conductas
Bien conocida es también la contribución a la creación de la figura del delincuente, y a la individuación de los delitos y las penas, que va a suponer en el siglo XIX la formación de la criminología como ciencia.
La frenología -precedente de la actual neuropsiquiatría- perseguía hallar en las características formales del cerebro la explicación de los comportamientos humanos, hasta el punto de llegar a definir tipologías como la del “criminal nato” que César Lombroso defendía en torno a 1876. Junto a estas tentativas, que de un modo u otro han sedimentado la psiquiatrización de las conductas -como actualmente ocurre con las personas de identidad transexual-, el aspecto que más define a las prisiones modernas es su propósito teórico de “corrección”; un aspecto que, precisamente, las hace entrar en contradicción consigo mismas.
Cabe señalar, pues, que la función correctora atribuida a las instituciones penitenciarias fue la cuestión más destacada en los discursos con ribetes filantrópicos elaborados por la burguesía para legitimar las prisiones inauguradas a lo largo del siglo XIX. Y que, esta función, no solo se ha universalizado, sino que llega con persistencia hasta nuestros días en forma de Carta Magna y expresándose del modo en el que, por ejemplo, se expresa el artículo 25 de la Constitución del Estado español: “Las penas privativas de libertad y las medidas de seguridad estarán orientadas hacia la reeducación y reinserción social”.
La perspectiva abolicionista
Desde una perspectiva crítica, corresponde a Piotr Kropotkin el mérito de haber ofrecido, en su conocida conferencia sobre las prisiones de 1887, un cuestionamiento radical de los fundamentos carcelarios en el momento en que se estaban asentando en la sociedad contemporánea. En sus propias palabras: “El principio de toda prisión es falso, puesto que la privación de la libertad lo es”. Para el geógrafo anarquista, la prisión mata todas las cualidades que facilitan la vida en sociedad a las personas y las convierte en seres condenados fatalmente a volver a “esas tumbas de piedra sobre las cuales se escribe casa de corrección y que los mismos carceleros llaman casas de corrupción”.
En definitiva, Kropotkin consideraba que la prisión no solo no respondía a ninguno de los fines rehabilitadores que se proponía, sino que la solución a las cárceles se encuentra en la destrucción de sus propios muros y en la creación de una sociedad igualitaria. Según el pensador libertario, pues, el origen y la razón de ser de las prisiones proviene de la desigualdad social, tal y como recoge uno de los dichos carcelarios más populares: “En este lugar maldito, donde reina la tristeza, no se condena el delito, se castiga la pobreza”.
Resulta interesante constatar como la impronta abolicionista introducida por el anarquismo en las luchas sociales con relación a las prisiones, no viene siendo secundada en el tiempo más que por los propios anarquistas. Por lo general, la cuestión de las prisiones y las personas presas es un tema tabú tanto para los gobiernos como para los propios partidos de izquierda (salvo para los que tienen presos y presas que defender en sus propias filas).
Uno de las cuestiones más controvertidas, y que apenas se suele analizar, es la distinción entre presas y presos políticos o de conciencia y presas y presos sociales o comunes. Mientras que para una persona libertaria parece obvio que no hay lugar para la distinción si lo que realmente se cuestiona es la institución carcelaria en sí misma, para una persona formada en la tradición marxista pronto pesa en su imaginario el espectro del lumpen. Es decir, el lumpenproletariado, la subcategoría que Marx formuló por debajo del proletariado industrial a modo de desecho social potencialmente reaccionario dada su falta de conciencia política de clase.
Sin embargo, bueno es traer al recuerdo que la experiencia de la COPEL (Coordinadora de Presos en Lucha) en la década de 1970 nació de la propia conciencia que las presas y los presos comunes tomaron junto a las presas y los presos políticos tras los años en el que el franquismo obviaba las distinciones dentro de las prisiones.
La huida hacia adelante
Un análisis pormenorizado de la evolución de las instituciones penitenciarias permite observar que, en su conjunto, las prisiones forman un espacio en crisis permanente. Y, también, que las soluciones que se aportan no son más que constantes huídas hacia adelante: bien sea construyendo más prisiones; bien sea reforzando los sistemas de control y el endureciendo las penas; o bien sea creando en su interior una multiplicidad de servicios sociales encaminados hacia una supuesta rehabilitación o a ofrecer una buena imagen de la institución. Y es que, a pesar de la buena fe del voluntariado y de los trabajadores y trabajadoras sociales, todas sus buenas intenciones se difuminan entre la crudeza de las rejas o chocan abiertamente con el retorcido talante del funcionariado que tantas veces acostumbra a convertir el espacio carcelario en un espacio de impunidad.
Otra realidad del mundo penitenciario es que la población reclusa crece día a día en todo el mundo. El Estado español se sitúa, en número de personas presas, entre los primeros lugares de los países europeos, junto con el Reino Unido. Según el Ministerio del Interior, en 2009, el número de personas presas en el Estado era de 76.090, de las que 10. 527 correspondían a Cataluña.
A escala mundial, se impone el sistema de macrocárceles, a veces incluso como negocio privado. En Estados Unidos, compañías como Corrections Corporation of America cotizan en bolsa y ofrecen sus servicios a cualquier país que desee acogerlos. Países como Alemania y Francia ya han comenzado a interesarse por ese nuevo modelo penitenciario, mientras que, en nuestro entorno, el 95% de los centros destinados a menores son ya de gestión privada.
Por otro lado, propuestas conservadoras como la “cadena perpetua revisable”, que se han puesto sobre la mesa últimamente, junto con el endurecimiento del Código Penal, son justificadas en nombre de la “seguridad ciudadana” y a partir de las opiniones favorables extraídas de encuestas a la ciudadanía imbuida en la espectacularidad con que los medios generalistas tratan todo caso relacionado con la criminalidad.
Triste es también comprobar como el único argumento político que se ofrece en contra del modelo de cadena perpetua propuesto por la derecha se basa en que esta medida contradice a la función de reinserción social que han de tener las penas privativas de libertad, según el artículo 25 de la Constitución que hemos comentado. Un pobre argumento, si tenemos en cuenta que el artículo constitucional no es más que un adorno lingüístico -en sí mismo contradictorio- en la medida en que está más que comprobado que es, precisamente, la propia privación de libertad administrada en las actuales instituciones penitenciarias la que inhabilita a las personas a cualquier posibilidad de integración. Y pobre argumento, también, si tenemos en cuenta que la cadena perpetua ya existe de manera encubierta en penas de hasta 40 años de obligado cumplimiento; o en la aplicación de la llamada ”doctrina Parot”, ideada para trascender el máximo legal de estancia en prisión.
Más que persistir en el mantenimiento de las prisiones, se hace necesario, pues, enfrentarse a la verdadera complejidad de la cuestión desde la conciencia de fracaso histórico de una institución que no es más que el reflejo de la sociedad que la ha hecho nacer.
La última manifestación que se celebró en Barcelona en favor de la libertad de Amadeu Casellas -el 24 de octubre de 2009- irrumpió espontáneamente, tras su ilegalización, con este lema en la pancarta de cabecera: “Por un mundo sin prisión, por la libertad sin límites”. Un bonito lema que no convendría rechazar por ingenuo, sobre todo si tenemos en cuenta que en la radicalidad de la perspectiva abolicionista se encuentra el horizonte utópico más grande que se pueda imaginar. Porque un mundo sin prisiones significa, ni más ni menos, un mundo que ha conseguido transformarse por completo.
La prisión dentro de la prisión
No cabe duda de que el régimen penitenciario que se aplica a los prisioneros de la base militar norteamericana de Guantánamo desde 2002 se ha convertido se ha convertido en el ejemplo actual más descarnado de sometimiento humano, a través de la humillación y la administración constante de sufrimiento sobre las personas. Sin embargo, lo que sucede en este islote de impunidad internacional no es un ejemplo aislado. Guantánamo, en tanto que ejemplo límite, representa de forma condensada lo que -en grado y medida- ocurre en los regímenes especiales y de aislamiento de todas las prisiones del mundo.
Por otra parte, la degradación de la vida en las cárceles es un hecho ampliamente denunciado por asociaciones como el Observatorio Internacional de Prisiones (OIP) que, en los últimos años, no se cansan de insistir en que el hacinamiento de las personas presas y la elevación del índice de suicidios en las prisiones son las dos cuestiones más urgentes que los gobiernos deben de encarar en sus respectivos sistemas penitenciarios.
En el contexto del Estado español, resulta imposible obviar – tal como lo han venido haciendo los medios generalistas- la existencia efectiva, entre 1991 y 2009, del régimen FIES (Ficheros Internos de Especial Seguimiento). Cabe remarcar que, en realidad, el FIES nunca fue una disposición legal firme, sino una instrucción interna en forma de circular que, hasta que fue anulada por el Tribunal Supremo en marzo de 2009, ha servido para amparar cualquier medida de control punitivo sobre las personas presas caracterizadas por el fichero como peligrosas, conflictivas o inadaptadas. .
Las medidas que contemplaba el FIES para ejercer un control riguroso de la persona presa incluida en este fichero hacían referencia a todos los aspectos de su vida diaria en la prisión: desde el aislamiento en una celda y la vigilancia permanente, a la intervención de la correspondencia o al cambio constante de centro penitenciario. Por tanto, no es de extrañar que, en los medios de lucha anticarcelaria, este grado de represión haya hecho que el régimen FIES sea conocido como “la prisión dentro de la prisión”.
Cuesta creer, sin embargo, que la interrupción de una instrucción interna por parte de un tribunal acabe con una práctica penitenciaria que ha durado tantos años y que, en el fondo, forma parte del repertorio de recursos punitivos que tradicionalmente han hecho de las cárceles ser lo que son. Pero cuesta aún más pensar que el ambiente de impunidad que discurre entre los muros de estos espacios de control social pueda acabar alguna vez por decreto.
La sensación que transmiten las prisiones de ‘mundo paralelo en el que cualquier cosa puede suceder’ no es ninguna ficción. Así lo corroboran los testimonios de las personas que han pasado por este mundo o que aún están en él. Resulta significativa, en este sentido, la propuesta subterránea que a finales de la década de 1980 le fue hecha a Manuel Pinteño -y a otros presos en régimen FIES- con el fin de crear una especie de GAL dentro de las prisiones para eliminar en motines simulados a determinados presos de ETA a cambio de ser puestos en libertad. Como tampoco deja de ser curioso que este testimonio valiente de personas que han vivido en carne viva la realidad de las prisiones recuerde enseguida al argumento del premiado y taquillero film Celda 211. Aunque, eso sí, la diferencia está en que la realidad siempre supera la ficción.
Alfonso López Rojo
Artículo publicado en Quaderns d’Illacrua 11, dentro del semanario Directa nº 177, marzo de 2010.
¿Puede existir un turismo ético, solidario y sostenible?
Jordi Gascón analiza en un libro el difícil binomio turismo-cooperación
Para quienes hemos nacido en “la era de las vacaciones pagadas”, tomar cada año la decisión de dónde y cómo gastar el quantum de tiempo que el sistema nos ofrece para cambiar de aires y de moneda es una rutina de la que no despertamos hasta que ya, en pleno viaje, siempre se nos presenta de algún modo el dilema de “no querer parecer un turista sin poder dejar de serlo”. Ahí es cuando reaccionas y te das cuenta de que, en realidad, somos muy poquita cosa… Y es que no cabe duda de que el turismo de masas es la verdadera guinda del capitalismo espectacular: es su producto más acabado. Cierto es que -al igual que en otras esferas de la vida- cada cual lleva el tema del turisteo como mejor puede, pero donde este asunto no se puede obviar, y necesita ser rigurosamente cuestionado, es cuando nos referimos al turismo en los países del Sur: una práctica en la que la explotación humana se combina a partes iguales con grandes dosis de hipocresía.
En este sentido, el libro de Jordi Gascón “El turismo en la cooperación internacional. De las brigadas internacionalistas al turismo solidario” resulta oportuno sobre todo porque pone el dedo en la llaga problematizando la cuestión de forma minuciosa. Por un lado, constata el proceso de despolitización que -en las dos últimas décadas- ha seguido a la labor pionera que en los años 80 supusieron las estancias y los viajes solidarios que acompañaron a los procesos revolucionarios de países como Nicaragua, Guatemala o el Salvador. El activismo que caracterizó a estas experiencias se ha desvirtuado con el tiempo convirtiéndose en una suerte de “turismo alternativo” que se prodiga tanto entre ONG’s opacas y acríticas, como en entidades de corte neoliberal que basan más bien su planteamiento en una interesada “ayuda a paliar la pobreza” que en un verdadero principio de equidad respecto a los beneficios económicos.
Un nicho de negocio
Por otro lado, el trabajo analiza las estrategias que están adoptando las empresas que han descubierto en el “viaje solidario” un nicho de negocio que cabe afinar para que el negocio como tal llegue a buen puerto. Una de estas estrategias es la de las “certificaciones” en tanto que propuestas encaminadas al marketing que guardan similitud con las homologaciones que el capitalismo verde utiliza para ofrecer “garantía ecológica” a todo lo que se tercie. De este modo, el futuro consumidor de paquetes de turismo solidario podrá ver colmadas sus “vacaciones éticas” a través de empresas intermediaras que “dan fe de su buena fe…”.
Por último, Jordi Gascón esboza desde perspectivas como la Soberanía Alimentaria o el Decrecimiento las que tal vez podrían ser las mejores alternativas a un turismo que – se llame como se llame- todos en el fondo lo vivimos como si se tratara de un mal necesario ya que mientras que, por un lado, el turismo es el mejor alimento del PIB de muchos países (incluido el nuestro), por el otro es uno de los mayores factores de depredación ecológica o algo mucho peor aún: es una de las formas más descarnadas con las que el capitalismo ha conseguido estetizar la pobreza de los países del Sur hasta el punto de anestesiar ante ella nuestra mirada etnocéntrica. Frente a cualquier idea de “turismo”, pues, la pregunta del millón no sólo es si esta palabra es útil, o cabe mejor comenzar por renunciar a ella aspirando a otro concepto menos viciado, sino que cabe interrogarse también si puede existir algo parecido a un turismo “ético, solidario y sostenible” o estamos condenados a caminar de quimera en quimera. Esta es la mayor pregunta que el libro de Jordi Gascón nos suscita: ¡a ver quién es capaz de responderla!
Alfonso López Rojo
(Reseña publicada en catalán en el semanario Directa, nº 146, julio de 2009)
Jordi Gascón: El turismo en la cooperación internacional. De las brigadas internacionalistas al turismo solidario. Icaria editorial, Barcelona 2009, 167 págs.
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